Para ser llevado y vendido en el mercado a título de mercancía, el trabajo debería, en todo caso, existir de antemano. Pero si el trabajador pudiese prestarle una existencia material, separada e independiente de su persona, vendería entonces mercancía y no trabajo.

Quien en el mercado se presenta directamente al capitalista, no es el trabajo, sino el trabajador. Lo que este vende es su propio individuo, su fuerza de trabajo. Desde el instante que empieza a poner en actividad su fuerza, es decir, desde que empieza a trabajar, desde que su trabajo existe, este trabajo ha dejado ya de pertenecerle y no puede ser vendido por él. El trabajo es la sustancia y la medida de los valores, pero él por sí mismo no tiene valor alguno. La expresión «valor del trabajo» es una expresión inexacta, que tiene origen en las formas aparentes de las relaciones de producción.

Una vez admitido este error, la Economía política clásica se preguntó cómo se había determinado el precio del trabajo. Desde luego reconoció que, lo mismo respecto al trabajo que a cualquiera otra mercancía, la relación entre la oferta y la demanda no significa otra cosa sino las oscilaciones del precio de mercado sobre o bajo cierto tipo. En cuanto la oferta y la demanda se equilibran, cesan las variaciones de precio que habían ocasionado, pero también cesa en aquel punto el efecto de la oferta y de la demanda. En su estado de equilibrio, el precio del trabajo no depende ya de su acción; ¿de qué depende, pues? Este precio no puede ser, lo mismo para el trabajo que para toda otra mercancía, más que su valor expresado en dinero; este valor lo determinó la Economía política por el valor de las subsistencias necesarias para el sostenimiento y reproducción del trabajador. No cabe duda que de este modo sustituyó el objeto aparente de sus investigaciones, el valor del trabajo, por el valor de la fuerza de trabajo, fuerza que solo existe en la persona del trabajador y se diferencia de su función, el trabajo, como una máquina se diferencia de sus operaciones. Pero la Economía política clásica no paró mientes en la confusión introducida.

La forma salario oculta la relación verdadera entre capital y trabajo.

En efecto, según todas las apariencias, lo que el capitalista paga es el valor de la utilidad que el obrero le produce, el valor del trabajo. Además, el trabajador no percibe su salario hasta después de haber entregado su trabajo. Ahora bien, como medio de pago, el dinero no hace más que realizar tardíamente el valor o el precio del artículo producido, o sea, en el caso precedente, el valor o el precio del trabajo ejecutado. La sola experiencia de la vida práctica no hace resaltar la doble utilidad del trabajo: la propiedad de satisfacer una necesidad, propiedad que tiene de común con todas las mercancías, y la de crear valor, propiedad que le distingue de todas las mercancías y le impide, por ser elemento que crea valor, tenerlo por sí propio.

Examinemos una jornada de doce horas que produce un valor de 6 pesetas, y del que la mitad equivale al valor cotidiano de la fuerza de trabajo. Confundiendo el valor de la fuerza con el valor de su función, con el trabajo que ejecuta, se obtiene esta fórmula: el trabajo de doce horas tiene un valor de 3 pesetas, llegándose así al resultado absurdo de que un trabajo que crea un valor de 6 pesetas, no vale más que 3. Pero esto no es visible en la sociedad capitalista. El valor de 3 pesetas, para cuya producción solo son necesarias seis horas de trabajo, se presenta en ella como el valor de la jornada entera de trabajo. Al recibir un salario cotidiano de 3 pesetas, parece que el obrero recibe el valor íntegro de su trabajo, sucediendo esto precisamente porque el excedente del valor de su producto sobre el de su salario afecta la forma de una supervalía de 3 pesetas creada por el capital y no por el trabajo.

La forma salario, o pago directo del trabajo, hace desaparecer, pues, todo vestigio de la división de la jornada en trabajo necesario y sobretrabajo, en trabajo pagado y en trabajo no pagado, de suerte que se considera pagado todo el trabajo del obrero libre. El trabajo que el siervo ejecuta para sí propio y el que está obligado a ejecutar para su señor, son perfectamente diferentes uno de otro, y tienen lugar en sitios diversos. En el sistema esclavista, aun la parte de la jornada en que el esclavo reemplaza el valor de sus subsistencias y en la cual trabaja realmente para sí propio, no parece sino que trabaja para su propietario; todo su trabajo reviste la apariencia de trabajo no pagado. Sucede lo contrario con el trabajo asalariado: aun el sobretrabajo o trabajo no pagado afecta la apariencia de trabajo pagado. En la esclavitud, la relación de propiedad oculta el trabajo del esclavo para sí mismo; en el salariado, la relación monetaria encubre el trabajo gratuito que el asalariado produce para su capitalista.

Compréndese ahora la inmensa importancia que tiene en la práctica este cambio de forma, el cual hace aparecer la retribución de la fuerza de trabajo como salario del trabajo, el precio de la fuerza como precio de su función. La forma aparente hace invisible la relación efectiva entre capital y trabajo; de esa forma aparente dimanan todas las nociones jurídicas del asalariado y del capitalista, todas las mistificaciones de la producción capitalista, todas las ilusiones liberales y todas las glorificaciones justificativas de la Economía política vulgar.

CAPÍTULO XX

EL SALARIO A JORNAL