Rita.—Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de ropa, y... (Forcejeando para echar la llave.) Pues cierto que está bien acondicionada la llave.
Calamocha.—¿Gusta usted de que eche una mano, mi vida?
Rita.—Gracias, mi alma.
Calamocha.—¡Calle!... ¡Rita!
Rita.—¡Calamocha!
Calamocha.—¿Qué hallazgo es este?
Rita.—¿Y tu amo?
Calamocha.—Los dos acabamos de llegar.
Rita.—¿De veras?
Calamocha.—No, que es chanza. Apenas recibió la carta de doña Paquita, yo no sé adónde fué, ni con quién habló, ni cómo lo dispuso; sólo sé decirte que aquella tarde salimos de Zaragoza. Hemos venido como dos centellas por ese camino. Llegamos esta mañana á Guadalajara, y á las primeras diligencias nos hallamos conque los pájaros volaron ya. Á caballo otra vez, y vuelta á correr y á sudar y á dar chasquidos... En suma, molidos los rocines, y nosotros á medio moler, hemos parado aquí con ánimo de salir mañana... Mi teniente se ha ido al colegio mayor á ver á un amigo, mientras se dispone algo que cenar... Esta es la historia.