Rita.—¿Conque le tenemos aquí?

Calamocha.—Y enamorado más que nunca, celoso, amenazando vidas... Aventurado á quitar el hipo á cuantos le disputen la posesión de su Currita idolatrada.

Rita.—¿Qué dices?

Calamocha.—Ni más ni menos.

Rita.—¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la tiene amor.

Calamocha.—¿Amor?... ¡Friolera! El moro Gazul fué para él un pelele, Medoro un zascandil, y Gaiferos un chiquillo de la doctrina.

Rita.—¡Ay, cuando la señorita lo sepa!

Calamocha.—Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con quién estás? ¿Cuándo llegaste? que...

Rita.—Yo te lo diré. La madre de doña Paquita dió en escribir cartas y más cartas, diciendo que tenía concertado su casamiento en Madrid con un caballero rico, honrado, y bien quisto; en suma, cabal y perfecto, que no había más que apetecer. Acosada la señorita con tales propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones de aquella bendita monja, se vió en la necesidad de responder que estaba pronta á todo lo que la mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto lloró la pobrecita, qué afligida estuvo. Ni quería comer, ni podía dormir... Y al mismo tiempo era preciso disimular, para que su tía no sospechara la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado el primer susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y arbitrios no hallamos otro que el de avisar á tu amo; esperando que si era su cariño tan verdadero y de buena ley como nos había ponderado, no consentiría que su pobre Paquita pasara á manos de un desconocido, y se perdiesen para siempre tantas caricias, tantas lágrimas y tantos suspiros estrellados en las tapias del corral. Apenas partió la carta á su destino, cata el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus medias azules, y la madre y el novio que vienen por ella; recogimos á toda prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres, nos despedimos de aquellas buenas mujeres, y en dos latigazos llegamos antes de ayer á Alcalá. La detención ha sido para que la señorita visite á otra tía monja que tiene aquí tan arrugada y tan sorda como la que dejamos allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una todas las religiosas, y creo que mañana temprano saldremos. Por esta casualidad nos...

Calamocha.—Sí. No digas más... Pero... ¿Conque el novio está en la posada?