D.ª Francisca.—¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaría cosas imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico, y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento ni sé fingir, por eso me llaman picarona.
Rita.—Señorita, por Dios, no se aflija usted.
D.ª Francisca.—Ya, como tú no lo has oído... Y dice que don Diego se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo estoy por cierto, y reirme y hablar niñerías... Y todo por dar gusto á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Virgen que no me sale del corazón.
(Se va oscureciendo lentamente el teatro.)
Rita.—Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel día de asueto que tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?
D.ª Francisca.—¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... Pero, ¿qué me vas á contar?
Rita.—Quiero decir, que aquel caballero que vimos allí con aquella cruz verde, tan galán, tan fino...
D.ª Francisca.—¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?
Rita.—Que nos fué acompañando hasta la ciudad...
D.ª Francisca.—Y bien... Y luégo volvió, y le ví, por mi desgracia, muchas veces... mal aconsejada de ti.