D.ª Francisca.—Como las monjas me hicieron merendar...
D.ª Irene.—Con todo eso... Siquiera unas sopas del puchero para el abrigo del estómago... (Sale Rita con una carta en la mano, y hasta el fin de la escena hace que se va y vuelve, según lo indica el diálogo.) Mira, has de calentar el caldo que apartamos al mediodía, y haznos un par de tazas de sopas, y tráetelas luégo que estén.
Rita.—¿Y nada más?
D.ª Irene.—No, nada más... ¡Ah! y házmelas bien caldositas.
Rita.—Sí, ya lo sé.
D.ª Irene.—¡Rita!
Rita.—Otra. ¿Qué manda usted?
D.ª Irene.—Encarga mucho al mozo que lleve la carta al instante... Pero no, señor, mejor es... No quiero que la lleve él, que son unos borrachones, que no se les puede... Has de decir á Simón que digo yo, que me haga el gusto de echarla en el correo; ¿lo entiendes?
Rita.—Sí, señora.
D.ª Irene.—¡Ah! mira.