Rita.—Otra.

D.ª Irene.—Bien que ahora no corre prisa... Es menester que luégo me saques de ahí al tordo y colgarle por aquí de modo que no se caiga y se me lastime... (Vase Rita por la puerta del foro.) ¡Qué noche tan mala me dió!... ¡Pues no se estuvo el animal toda la noche de Dios rezando el gloria patri y la oración del santo sudario!... Ello por otra parte edificaba, cierto... pero cuando se trata de dormir...

ESCENA IV.

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª Irene.—Pues mucho será que don Diego no haya tenido algún encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto que es un señor muy mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡tan atento! ¡tan bien hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad se porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y de posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡qué batería de cocina, y qué despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no parece que atiendes á lo que estoy diciendo.

D.ª Francisca.—Sí, señora, bien lo oigo; pero no la quería interrumpir á usted.

D.ª Irene.—Allí estarás, hija mía, como el pez en el agua: pajaritas del aire que apetecieras las tendrías, porque como él te quiere tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre que te hablo de esto, hayas dado en la flor de no responderme palabra... ¡Pues no es cosa particular, señor!

D.ª Francisca.—Mamá, no se enfade usted.

D.ª Irene.—¡No es buen empeño de!... ¿Y te parece á ti que no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?... ¿No ves que conozco las locuras que se te han metido en esa cabeza de chorlito? ¡Perdóneme Dios!

D.ª Francisca.—Pero... Pues ¿qué sabe usted?