D.ª Irene.—¿Me quieres engañar á mí, eh? ¡Ay, hija! He vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha penetración para que tú me engañes.
D.ª Francisca (aparte).—¡Perdida soy!
D.ª Irene.—Sin contar con su madre... como si tal madre no tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera sido con esta ocasión, de todos modos era ya necesario sacarte del convento. Aunque hubiera tenido que ir á pié y sola por ese camino, te hubiera sacado de allí... ¡Mire usted qué juicio de niña este! Que porque ha vivido un poco de tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza el ser ella monja también... Ni qué entiende ella de eso, ni qué... En todos los estados se sirve á Dios, Frasquita; pero el complacer á su madre, asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus trabajos, esa es la primera obligación de una hija obediente... Y sépalo usted, si no lo sabe.
D.ª Francisca.—Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado abandonarla á usted.
D.ª Irene.—Sí, que no sé yo...
D.ª Francisca.—No, señora, créame usted. La Paquita nunca se apartará de su madre, ni la dará disgustos.
D.ª Irene.—Mira si es cierto lo que dices.
D.ª Francisca.—Sí, señora, que yo no sé mentir.
D.ª Irene.—Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en un todo como corresponde... Cuidado con ello.
D.ª Francisca (aparte).—¡Pobre de mí!