ESCENA V.

DON DIEGO (sale por la puerta del foro, y deja sobre la mesa sombrero y bastón), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª Irene.—Pues ¿cómo tan tarde?

D. Diego.—Apenas salí tropecé con el rector de Málaga, y el doctor Padilla, y hasta que me han hartado bien de chocolate y bollos no me han querido soltar... (Siéntase junto á doña Irene.) Y á todo esto, ¿cómo va?

D.ª Irene.—Muy bien.

D. Diego.—¿Y doña Paquita?

D.ª Irene.—Doña Paquita siempre acordándose de sus monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de bisiesto, y pensar sólo en dar gusto á su madre y obedecerla.

D. Diego.—¡Qué diantre! ¿Conque tanto se acuerda de?...

D.ª Irene.—¿Qué se admira usted? Son niñas... No saben lo que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad, así tan...

D. Diego.—No, poco á poco, eso no. Precisamente en esa edad son las pasiones algo más enérgicas y decisivas que en la nuestra, y por cuanto la razón se halla todavía imperfecta y débil, los ímpetus del corazón son mucho más violentos... (Asiendo de una mano á doña Francisca, la hace sentar inmediata á él.) Pero de veras, doña Paquita, ¿se volvería usted al convento de buena gana?... La verdad.