D.ª Irene.—¿Puedo hablar ya, señor?
D. Diego.—Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y sin intérprete.
D.ª Irene.—Cuando yo se lo mande.
D. Diego.—Pues ya puede usted mandárselo, porque á ella la toca responder... Con ella he de casarme, con usted no.
D.ª Irene.—Yo creo, señor don Diego, que ni con ella ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?... Bien dice su padrino, y bien claro me lo escribió pocos días há, cuando le dí parte de este casamiento. Que aunque no la ha vuelto á ver desde que la tuvo en la pila, la quiere muchísimo; y á cuántos pasan por el Burgo de Osma les pregunta cómo está, y continuamente nos envía memorias con el ordinario.
D. Diego.—Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... Ó por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con lo que estamos hablando?
D.ª Irene.—Sí, señor, que tiene que ver, sí, señor. Y aunque yo lo diga, le aseguro á usted que ni un padre de Atocha hubiera puesto una carta mejor que la que él me envió sobre el matrimonio de la niña... Y no es ningún catedrático, ni bachiller, ni nada de eso, sino un cualquiera, como quien dice, un hombre de capa y espada, con un empleíllo infeliz en el ramo del viento, que apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y sabe de todo, y tiene una labia y escribe que da gusto... Cuasi toda la carta venía en latín, no le parezca á usted, y muy buenos consejos que me daba en ella... Que no es posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo.
D. Diego.—Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que á usted la deba disgustar.
D.ª Irene.—Pues ¿no quiere usted que me disguste oyéndole hablar de mi hija en términos que?... ¡Ella otros amores ni otros cuidados!... Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!... la mataba á golpes, mire usted... Respóndele, una vez que quiere que hables, y que yo no chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenías doce años, y los que has adquirido en el convento al lado de aquella santa mujer. Díselo para que se tranquilice, y...
D. Diego.—Yo, señora, estoy más tranquilo que usted.