D.ª Irene.—Respóndele.

D.ª Francisca.—Yo no sé qué decir. Si ustedes se enfadan.

D. Diego.—No, hija mía: esto es dar alguna expresión á lo que se dice, pero ¡enfadarnos! no por cierto. Doña Irene sabe lo que yo la estimo.

D.ª Irene.—Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente agradecida á los favores que usted nos hace... Por eso mismo...

D. Diego.—No se hable de agradecimiento: cuánto yo puedo hacer, todo es poco... Quiero sólo que doña Paquita esté contenta.

D.ª Irene.—¿Pues no ha de estarlo? Responde.

D.ª Francisca.—Sí, señor, que lo estoy.

D. Diego.—Y que la mudanza de estado que se la previene no la cueste el menor sentimiento.

D.ª Irene.—No, señor, todo al contrario... Boda más á gusto de todos no se pudiera imaginar.

D. Diego.—En esa inteligencia puedo asegurarla que no tendrá motivos de arrepentirse después. En nuestra compañía vivirá querida y adorada; y espero que á fuerza de beneficios he de merecer su estimación y su amistad.