D.ª Francisca.—Gracias, señor don Diego... ¡Á una huérfana, pobre, desvalida como yo!...

D. Diego.—Pero de prendas tan estimables, que la hacen á usted digna todavía de mayor fortuna.

D.ª Irene.—Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita.

D.ª Francisca.—¡Mamá!

(Levántase doña Francisca, abraza á su madre, y se acarician mutuamente.)

D.ª Irene.—¿Ves lo que te quiero?

D.ª Francisca.—Sí, señora.

D.ª Irene.—¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo otro pío sino el de verte colocada antes que yo falte?

D.ª Francisca.—Bien lo conozco.

D.ª Irene.—¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena?