Entre estos autores de inferior mérito sobresalía don José de Cañizares, infatigable escritor de comedias, que supo imitar en las suyas, si no todos los aciertos, toda la irregularidad de las antiguas. No tuvo talento inventor; pero llegó á suplir esta falta con una particular habilidad que manifestó para saber introducir en sus fábulas cuanto había leído en las otras: este fué su mayor estudio. Apenas se hallará en sus comedias una situación de algún interés, sin que fácilmente pueda indicarse el autor de quien la tomó. Á esto añadió de su parte un diálogo animado y rápido, un buen lenguaje y un estilo en los asuntos heróicos crespo, metafórico y altisonante, y en los comunes y domésticos festivo, epigramático, chisposo, si así puede decirse. En los versos cortos tuvo mucha facilidad, pero en los endecasílabos era tan desgraciado, que mereció la censura de Jorge Pitillas, cuando los llamó ramplones y malditos. En los últimos años de Carlos II ya escribía para el teatro. Fué después fiscal de comedias (que este nombre se daba entonces al encargo de censor), y existen aprobaciones suyas desde el año de 1702 hasta el de 1747. Durante la guerra de sucesión fué capitán de caballería, y retirándose del servicio, el duque de Osuna su protector le colocó en la contaduría de su casa. Aún existe la que habitaba en la calle de las Veneras, y en ella murió de avanzada edad, poco antes del año de 1750.

Corren impresas unas ochenta comedias suyas, y como no todas las que escribió se imprimieron, puede inferirse que el número de ellas fué muy considerable. Compuso zarzuelas, comedias de figurón, de enredo amoroso, historiales, mitológicas, de santos, de valentías, de magia; no hubo argumento que él no aplicase al teatro. Si se consideran únicamente aquellas en que más se acercó á la buena comedia, no es posible disimular que en las de figurón excedió los límites de lo verosímil, recargó los caracteres, mezcló muchas gracias y situaciones verdaderamente cómicas con infinitas chocarrerías, y á cada paso adoptó los recursos de una farsa grosera. En las que se propuso por objeto una pasión amorosa, valiéndose de anécdotas y personajes históricos (como en las de El Rey Enrique el Enfermo; Si una vez llega á querer, la más firme es la mujer; El Picarillo en España, y otras de este género), la composición de la fábula no es intrincada ni fatigosa; y con la mucha práctica y facilidad que tenía el autor para los versos octosílabos, introdujo escenas de estilo florido y conceptuoso, no distante de los originales que imitaba, y siempre agradable á la multitud que oye y no examina.

Cañizares tuvo presentes las mejores piezas francesas é italianas que se habían publicado en su tiempo; pero no conoció su mérito, y precisamente las imitaciones que hizo de ellas son lo peor de cuanto escribió para el teatro. Véase El Sacrificio de Ifigenia, y se hallará un embrollo desatinado, compuesto de triquiñuelas de amor, estocadas, soliloquios, batallas campales, diálogos simétricos, baladronadas caballerescas, consejos de guerra, templo y aras, y la diosa Diana que baja cantando en una nubecita para dar fin á tanto delirio. Estilo gigantesco, atestado de metáforas y de imágenes monstruosas é inconexas. Agamenón dice que el monte dividido en dos puntas da al mar abrazos de arena, y que la armada surta en el puerto es una ciudad permanente de peñas sobre cimientos de espuma y cristal; y entre estas bocanadas heróicas alternan á cada paso con donaire de callejuela Lola, criada de Ifigenia, y Pellejo, lacayo de Aquiles. Esta comedia la hizo Cañizares (como él mismo advierte) para mostrar las comedias según el estilo francés. También se atrevió á competir con Metastasio en la comedia intitulada No hay con la patria venganza, y Temístocles en Persia. Allí hay majestades y altezas, y se habla del niño de la rollona, de los diablos, de los serafines y de los ciegos que venden jácaras. Allí hay un insufrible gracioso llamado Tulipán, y un hijo de Temístocles que canta seguidillas: éste y las damas, y el infante Darico, celebran una academia ó certamen poético, y cada cual de los concurrentes responde cantando á las cuestiones delicadas que se proponen unos á otros. Allí hay además un concierto vocal é instrumental, con unas coplillas en que la rosa habla con el clavel de parte de la siempreviva, y el clavel responde. En otra escena el rey llama á un vaso de vino con veneno denodado bruto y púrpura confeccionada[2]. Todo esto prueba demasiado que el buen Cañizares escribía sin conocimiento de los preceptos poéticos: su abundante vena le adquirió por espacio de medio siglo una celebridad popular de aquellas que duran en la tiniebla del error, y que luégo se disminuyen ó desaparecen á la luz de mejores doctrinas.

Fernando VI, muerto su padre, ocupó el trono en el año de 1746. La acción más gloriosa de su reinado fué la de apresurarse á firmar la paz, después de tan sangrientas é inútiles guerras. Su complexión flemática, su delicada sensibilidad, su instrucción no vulgar, la dura sujeción en que había vivido siendo príncipe, todo le estimulaba á procurarse desahogos no conocidos, entregándose á las suaves inclinaciones que por tanto tiempo había tenido que reprimir. María Bárbara de Portugal, su esposa, congeniaba en gran manera con él: celosa del decoro de la majestad, liberal, magnífica, inteligente en las bellas artes, profesora eminente en la música, apreciaba el mérito de los que dedicaban su estudio á cultivarlas. Se hallaban sin hijos, sin esperanza probable de tenerlos, y por consiguiente bien distantes uno y otro de toda idea de ambición; sólo se prometían en su reinado abundancia y felicidad. Las flotas detenidas en la América debían enriquecer prontamente el erario; podían repararse muchos males con una administración regular, y era de creer que libre ya la nación de las calamidades que había sufrido, la corte adquiriría nuevo esplendor, dando lugar á los placeres que proporcionan la riqueza y el buen gusto en el ocio halagüeño de la paz; y así sucedió.

Cuando la reina madre doña Isabel Farnesio se trasladó desde el palacio de Buen Retiro á una casa particular junto á la plazuela de Afligidos, y después al Real sitio de San Ildefonso, deseó que continuara sirviéndola entre los cantores de su cámara Carlos Broschi, llamado Farinello, que algunos años antes había hecho venir de Londres para distraer con su voz suavísima la profunda melancolía de Felipe V; pero la reina Bárbara no quiso permitirlo, y Farinello se quedó en la corte con el título de criado familiar de S. M.

Farinello (dice Riccoboni en sus Reflexiones históricas) es el último y el más joven de los músicos italianos de gran reputación. Canta por el gusto de Faustina; pero según la opinión de los inteligentes, no sólo es muy superior á ella, sino que ha llegado al último grado de la perfección. En el año de 1734 fué llamado á Londres, en donde cantó tres inviernos con general aplauso; vino á París en el año de 1736, y después de haber lucido su habilidad en las casas más distinguidas, adonde le llamaron favoreciéndole como merece, tuvo el honor de cantar en el cuarto de la reina, y en aquella ocasión le aplaudió el rey con tales expresiones, que toda la corte quedó maravillada. Cuantos le han oído le admiran, y es general la opinión de que Italia no ha producido nunca (y tal vez no producirá en adelante) músico tan perfecto. Actualmente se halla en España, destinado á cantar en el cuarto del rey y de la reina. Aquel monarca, mediante sus liberalidades y las gruesas pensiones que le ha señalado, ha hecho la fortuna del señor Broschi, el cual por su parte ha sabido merecerla, no menos en atención á su habilidad sobresaliente, que á la de sus méritos personales.

Era de presencia sumamente agraciada, como mostraba un retrato suyo pintado por Amiconi, que poseía don José Marquina, corregidor de Madrid: estimable cuadro, que en la noche del 19 de marzo del año 1808 pereció en las llamas al furor popular. Acostumbrado al estudio de las actitudes nobles del teatro, y á la frecuente conversación de personas bien educadas, daba á sus palabras y movimientos el tono, la elegancia y el decoro que tanto interesan en el trato social. Su modestia era admirable: ni el distinguido favor de los reyes, ni los obsequios de los más ilustres personajes de la corte, que solían asistir á su antesala y solicitar con empeño las menores señales de su amistad, fueron bastantes á ensoberbecerle. Á cada paso les recordaba él mismo su origen humilde, su profesión escénica, y sólo convenía en que por uno de los caprichos de la fortuna se había visto trasladado, sin mérito suyo, de las tablas de un teatro público á los piés de un monarca empeñado en favorecerle. Así confundía la torpe adulación de los muchos que le fatigaban solicitando su mediación y su amistad. Pudo influir eficazmente en los destinos de la monarquía, y jamás quiso tomar parte, ni aun remota, en los asuntos del gobierno. Los ministros, ansiosos de complacerle, anhelaban conocer sus deseos, y no pudieron lograrlo; ni quiso empleos, ni influyó en las resoluciones, ni elevó ni persiguió á nadie; tenía parientes en Italia, y á ninguno de ellos permitió que se presentase en Madrid. La historia no ofrece ejemplo de una privanza acompañada de tanta moderación.

Á este hombre extraordinario se encargó la dirección del teatro del Buen Retiro, para que se hicieran en él óperas italianas, igualmente que todo lo relativo á las serenatas que se cantaban por el verano en Aranjuez, los embarcos nocturnos en la escuadra del Tajo, las iluminaciones, fuegos de artificio y demás festejos durante la jornada; en suma, todas las diversiones del palacio se fiaron á su inteligencia y á su buen gusto. Broschi supo desempeñar todos estos encargos, si no con economía, con admirable acierto.

Trajo á Madrid los más excelentes profesores de música vocal é instrumental, maquinistas y pintores de escena, y adornó las representaciones con magnificencia suntuosa. Cuando se hacían algunas en el salón llamado de los Reinos, cubrían el piso exquisitas alfombras, las paredes colgaduras de tisú de oro, espejos, tallas y pinturas, entre las cuales se colocaban estatuas; la iluminación correspondía á todo lo demás; los músicos de la orquesta tenían uniformes de grana con galón de plata. En una ópera cantada en el teatro se presentó una decoración toda de cristal, en otra ocasión se iluminó la sala del concurso con doscientas arañas; en la ópera de Armida placata se vió un sitio delicioso con ocho fuentes de agua natural, y una entre ellas con un surtidor que subía á sesenta piés de altura, sonando entre los árboles el canto de una multitud de pájaros, imitado con la mayor inteligencia. La riqueza de los trajes, muebles y utensilios del teatro, las comparsas (que á veces se componían de cincuenta mujeres y doscientos hombres), la vista de los ejércitos con numerosa caballería, elefantes, carros, máquinas de guerra, armas, insignias, música militar, los fuegos artificiales que se veían al acabarse el espectáculo más allá de la escena (cerrándose la boca del teatro, para que el humo no ofendiese, con dos correderas compuestas de los mayores cristales de la fábrica de San Ildefonso), todo era digno de un gran monarca que disipaba en esta diversión la opulencia de sus tesoros.

Los poetas que escribieron las óperas, serenatas é intermedios desde el año 1747 hasta el de 1758, fueron el abate Pico de la Mirandola, Pedro Metastasio, Migliavacca, José Bonechi y Pablo Rolli. Las piezas que se cantaron en el Retiro y en Aranjuez fueron estas. Óperas: La Clemenza di Tito, Angelica e Medoro, Il Vellocino d’oro, Polifemo e Galatea, Artasserse, Armida placata, Demofoonte, Demetrio, Didone abbandonata, Siroe, Niteti, il Re pastore, Adriano in Siria. Serenatas: L’Asilo d’Amore, La Festa chinese, La Nascita di Giove, L’Isola disabitata, Le Mode, La Ninfa smarrita. Intermedios: Il Cavalier Bertoldo, La Burla da vero, La Statua, Il Giuocatore, L’Ucellatrice, Il Cuoco, Don Trastullo, Il Conte Tulipano.