Por esta rápida enumeración se echará de ver que aquellos brillantes espectáculos, dirigidos por un italiano y desempeñados por italianos, poco ó ningún influjo pudieron tener en el adelantamiento de los teatros españoles. Entre los músicos de la orquesta, sólo don Luís Misón y otros dos ó tres instrumentos no eran extranjeros; entre los que cantaron sólo hubo una actriz española; los artífices empleados en la pintura de las decoraciones, en la invención y dirección de las máquinas, vinieron de Italia también. Se mandó que todas las piezas se imprimieran traducidas en castellano para distribuirlas á los concurrentes en la primera noche de su ejecución. Se abrió el teatro con la ópera de La Clemenza di Tito; encargóse á don Ignacio de Luzán la traducción de ella, y la hizo, aunque en muy pocas horas, con el acierto que era de esperar; las que se imprimieron después las tradujo un médico italiano llamado don Orlando Boncuore, que ni se avergonzó de suceder á Luzán en aquel encargo, ni tuvo escrúpulo de hacerse escritor en una lengua que no sabía. Sus traducciones pueden considerarse como otros tantos modelos de extravagancia y ridiculez.
En tanto pues que se admiraban reunidos en el Retiro todos los primores de la música, de la poesía, de la perspectiva, del aparato y pompa teatral, la escena española, miserable y abandonada de la corte, se sostenía con entusiasmo del vulgo en manos de ignorantes cómicos y de ineptísimos poetas. De nada sirvió el haberse dado al corregidor de Madrid el título de protector de los teatros, con el encargo de la formación de compañías y el gobierno de ellas: la depravación de nuestra dramática pedía de parte de la suprema autoridad providencias más directas y más eficaces.
El pueblo que tan estragado gusto manifestaba, se hubiera engañado mucho menos en sus juicios, si no se hubiese dejado sojuzgar por la opinión de ciertos caudillos que por entonces le dirigían, tiranizando las opiniones y distribuyendo como querían los silbidos, las palmadas y los alborotos. Los apasionados de la compañía del Príncipe se llamaban Chorizos, y llevaban en el sombrero una cinta de color de oro; los de la compañía de la Cruz Polacos, con cinta en el sombrero de azul celeste; los que frecuentaban el teatro de los Caños tomaron el nombre de Panduros. Había un fraile trinitario descalzo, llamado el P. Polaco[3], jefe de la parcialidad á que dió nombre, atolondrado é infatigable voceador, que adquirió entre los mosqueteros opinión de muy inteligente en materia de comedias y comediantes. Corría de una parte á otra del teatro animando á los suyos para que dada la señal de ataque interrumpiesen con alaridos, chiflidos y estrépito cualquiera pieza que se estrenase en el teatro de los Chorizos, si por desgracia no habían solicitado de antemano su aprobación, al mismo tiempo que sostenía con exagerados aplausos cuántos disparates representaba la compañía polaca, de quien era frenético panegirista. Otro fraile francisco llamado el P. Marco Ocaña, ciego apasionado de las dos compañías, hombre de buen ingenio, de pocas letras, y de conducta menos conforme de lo que debiera ser á la austeridad de su profesión, se presentaba disfrazado de seglar en el primer asiento de la barandilla inmediato á las tablas, y desde allí solía llamar la atención del público con los chistes que dirigía á los actores y á las actrices; les hacía reir, les tiraba grajea, y les remedaba en los pasajes más patéticos. El concurso, de quien era bien conocido, atendía embelesado á sus gestos y ademanes, y el patio cubierto de sombreros chambergos (que parecían una testudo romana) palmoteaba sus escurrilidades é indecencias.
Entre este desorden y baraúnda seguían representándose las comedias que daban á luz los pocos y mal cultivados ingenios, que muerto ya Cañizares, querían ser sus imitadores, y no acertaban á conseguirlo. Tales fueron don Manuel de Iparraguirre, don José de Ibáñez y García, don José de Lobera y Mendieta, autor, entre otras, de una comedia intitulada La Mujer más penitente y espanto de caridad, la venerable hermana Mariana de Jesús, hija de la venerable orden tercera de penitencia de N. P. S. Francisco de la ciudad de Toledo; don Antonio Frumento, Marcos de Castro, Vicente Guerrero, uno y otro cómicos; el P. Juan de la Concepción, Manuel Guerrero (cómico también y además canonista y teólogo), don Manuel Daniel Delgado, don Antonio Camacho y Martínez, y otros de la misma escuela. Don José Julián de Castro, poeta de ciegos, no desprovisto de gracia y facilidad para sus romancillos y jácaras, dió al teatro la comedia intitulada Más vale tarde que nunca, en la cual hay privado perseguido, trueque de puñales, batida general, con aquello de á la cumbre, á la espesura, al monte, al valle, á la selva; preso que se lamenta de su desgracia glosando coplas; lacayo entremetido, equivoquista y sucio; pasito de cárcel entre el leal y el traidor, y el rey que los escucha desde un rincón. Cuantos desaciertos se hallan esparcidos en las comedias de aquel tiempo, otros tantos se hallarán hacinados en esta.
Don Blas de Nasarre en el año de 1749 había recomendado, en el prólogo que puso á las comedias de Cervantes, las más conocidas reglas del arte dramático[4]. Luzán tradujo y publicó una comedia de M. de La Chaussée, con el título de La razón contra la moda, la cual ni entonces ni después se ha visto en el teatro. En los años de 1750 y 51 dió á luz don Agustín de Montiano y Luyando dos tragedias originales intituladas Virginia y Ataúlfo, nunca representadas, y de las cuales existe una traducción francesa. En ellas confirmó su laborioso autor aquella sabida verdad, de que pueden hallarse observados en un drama todos los preceptos, sin que por eso deje de ser intolerable á vista del público; y de que para acercarse á la perfección en este género, no basta que el autor sea un hombre muy docto, si le falta el requisito de ser un eminente poeta. Don Juan de Trigueros en el año de 1752 dió á la prensa, traducido en excelente prosa castellana, el Británico de Racine. Don Eugenio de Llaguno y Amírola publicó en el año de 1754, traducida en muy buenos versos, la Atalía del mismo autor. Nada de esto pasó al teatro.
La corrupción era general. En las aulas y escuelas públicas se enseñaban sutilezas y vaciedades á la juventud, no verdades útiles: lejos de cultivar y perfeccionar el entendimiento de los discípulos, se le pervertía inhabilitándolo para adquirir los conocimientos sólidos de las ciencias. En los púlpitos, según se lamentaban prelados celosos y respetables, se había introducido la costumbre de predicar sermones disparatados y truhanescos: tejido informe de paradojas y sofisterías, metáforas, antítesis, cadencias, juguetes insípidos de palabras, erudición inoportuna, aplicación reprensible de los textos sagrados á las circunstancias más triviales, lo más divino confundido con lo más indecente, la sublime y celestial doctrina de Jesucristo con las preocupaciones y cuentos del vulgo, y todo salpicado de bufonadas y chistes groseros. En los tribunales no se usaba ni mejor lógica ni más delicado gusto. El espíritu y la aplicación de las leyes se embrollaban con las diferentes cavilaciones de los glosistas; suplíase la falta de filosofía, de historia, de erudición, de verdadera elocuencia con retruécanos, paranomasias, adagios, cuentos y seguidillas. Tal vez ganó el pleito quien más supo hacer reir á los jueces; y así se defendían los intereses, los derechos, la vida y el honor de los hombres.
Entre los desaciertos del teatro, no era el menor la representación de los autos sacramentales. El ángel Gabriel anunciaba á la Virgen (papel que desempeñaba la célebre Mariquita Ladvenant) la encarnación del Verbo, y al responder, traducidas en buenos versos castellanos, las palabras del Evangelio: Quomodo fiet istud, quoniam virum non cognosco? los apóstrofes hediondos del patio y las barandillas, dirigidos á la cómica, interrumpían el espectáculo con irreligiosa y sacrílega algazara, y hacían conocer á muchas madres cuán mal habían hecho en llevar consigo á sus hijas honestas. Una mujer con la custodia en las manos, acompañada de los coros, cantaba en procesión el Tantum ergo. La primavera, el apetito, el alma, el cuerpo, la culpa, la gracia, el cedro, la rosa, el domingo, el lunes y el martes, la gentilidad, el mundo, el olfato y todos los sustantivos del diccionario, eran interlocutores en aquellas fábulas. En una salía S. Pablo con su montante enseñando á esgrimir á la Magdalena; en otra se decía que la Samaritana vive en la calle del Pozo, y que Jesucristo murió en la de las Tres Cruces; en otra se aconsejaba á S. Agustín que se fuese al hospital de S. Juan de Dios. Así estaba el teatro cuando vino de Nápoles el señor don Carlos III, quien por un justísimo decreto puso fin á los indicados escándalos, prohibiendo la representación teatral de asuntos sagrados.
Don Nicolás Fernández de Moratín, estimado generalmente como uno de nuestros mejores líricos modernos, compuso á instancias de Montiano, su amigo, una comedia intitulada La petimetra. Esta obra, impresa en el año de 1762, carece de fuerza cómica, de propiedad y corrección en el estilo; y mezclados los defectos de nuestras antiguas comedias con la regularidad violenta á que su autor quiso reducirla, resultó una imitación de carácter ambiguo y poco á propósito para sostenerse en el teatro, si alguna vez se hubiera intentado representarla. La Lucrecia, tragedia que publicó el mismo autor en el año siguiente, es obra de mayor mérito, aunque la elección del argumento parece poco feliz, el progreso de la fábula entorpecido con episodios inútiles, y el estilo muy distante á veces de la sublimidad que pide este género.
Estos dos beneméritos autores fueron los primeros que se atrevieron á procurar la reforma de nuestro teatro, escribiendo piezas originales, compuestas con regularidad y decoro, y aunque no consiguieron toda la perfección á que aspiraban, su estudio y su celo fueron laudables.
Don José Clavijo y Fajardo, en su obra periódica intitulada El Pensador, censuró el desarreglo de las comedias que entonces se representaban; y esto dió motivo á que el mencionado Moratín publicase en el año de 1762 algunos discursos críticos en que probó, que los autos de Calderón (tan aplaudidos del vulgo de todas clases) no debían tolerarse en una nación ilustrada y católica. No pudo desentenderse el gobierno de la eficacia de sus razones, y desde entonces quedó limpia la escena española de composiciones tan absurdas[5].