Pocos años después obtuvo permiso el marqués de Grimaldi, ministro de Estado, para abrir teatros en los Sitios, y allí se representaron tragedias y comedias traducidas, en que se vió, juntamente con el mérito de las composiciones, la propiedad de la escena y de los trajes, y una declamación, si no excelente, libre á lo menos de los vicios extravagantes que eran peculiares en los actores de Madrid y de las provincias.
El gran conde de Aranda, presidente de Castilla, empleó al mismo tiempo la acreditada habilidad de los hermanos Velázquez en pintar decoraciones para los teatros del Príncipe y de la Cruz; aumentó y mejoró la orquesta, estableció una policía interior y exterior que mantuviese el orden y decencia en el concurso, y reprimió la turbulenta parcialidad de los apasionados de ambas compañías, entre los cuales un herrero de la calle de Alcalá, llamado Tusa, era el alborotador más obstinado y loco. Favoreció también con su trato y amistad á los escritores más distinguidos de aquella época, y les exhortaba á componer piezas dramáticas, cuya representación eficazmente promovía, á pesar de la repugnancia de los cómicos, poco dispuestos á recibir lo que no fuese irregular y absurdo.
Entonces se repitieron en Madrid las traducciones que se habían hecho para los Sitios, y además se escribieron algunas tragedias originales. Tales fueron Hormesinda, de Moratín, más laudable por algunas situaciones interesantes, por las buenas imitaciones de Virgilio, por su lenguaje y versificación, que por el artificio de su fábula; Guzmán el Bueno, del mismo autor, en que hay un carácter bien sostenido, afectos heróicos, pintura de costumbres, violencia repugnante en la unidad de lugar, y no suficiente corrección de estilo; Don Sancho García, de don José Cadahalso, arreglada y débil, con rimas pareadas á imitación de los franceses, cuya cadencia simétrica es en extremo desagradable á nuestros oídos; Raquel, de don Vicente García de la Huerta, que siguiendo el mismo plan de La Judía de Toledo, de don Juan Bautista Diamante, no acertó á regularizarle, sin añadirle graves defectos; hay en ella un carácter sobresaliente; los demás, ó por falta de conveniencia dramática ó por inconscientes, han merecido la desaprobación de los críticos; en los pensamientos se descubren á veces resabios de mal gusto; el lenguaje es bueno, la versificación sonora. Numancia destruída es de don Ignacio López de Ayala, donde la mala elección del argumento, los amores episódicos que la entorpecen y debilitan, la unidad del lugar que produce inverosimilitud continua, se compensan con un estilo animado y robusto, con la pintura enérgica de Roma usurpadora, y el feroz heroísmo patriótico de Numancia con el efecto teatral que produce siempre su representación. Munuza, de don Gaspar Melchor de Jovellanos; Jahel, de don Juan López Sedano; Progne y Filomena, de don Tomás Sebastián y Latre, y otras de inferior mérito que se compusieron entonces, fueron ensayos plausibles de lo que hubiera podido adelantarse en este género, si sus autores hubieran merecido al gobierno más decidida protección.
En la comedia nada se hizo, por más que el público, y los que habitualmente componían para el teatro, vieron indicado en las piezas traducidas que se representaban cuál era el camino que debía seguirse para obtener el acierto en este difícil género de la dramática.
Don Ramón de la Cruz fué el único de quien puede decirse que se acercó en aquel tiempo á conocer la índole de la buena comedia; porque dedicándose particularmente á la composición de piezas en un acto, llamadas sainetes, supo sustituir en ellas, al desaliño y rudeza villanesca de nuestros antiguos entremeses, la imitación exacta y graciosa de las modernas costumbres del pueblo. Perdió de vista muchas veces el fin moral que debiera haber dado á sus pequeñas fábulas; prestó al vicio (y aun á los delitos) un colorido tan halagüeño, que hizo aparecer como donaires y travesuras aquellas acciones que desaprueban el pudor y la virtud, y castigan con severidad las leyes. Nunca supo inventar una combinación dramática de justa grandeza, un interés bien sostenido, un nudo, un desenlace natural; sus figuras nunca forman un grupo dispuesto con arte; pero examinadas separadamente, casi todas están imitadas de la naturaleza con admirable fidelidad. Esta prenda, que no es común, unida á la de un diálogo animado, gracioso y fácil (más que correcto), dió á sus obrillas cómicas todo el aplauso que efectivamente merecían[6].
Cesó en su presidencia el conde de Aranda, en su ministerio el marqués de Grimaldi, y los teatros de los Sitios se cerraron; los de Madrid siguieron mezclando con su antiguo caudal las traducciones que habían adquirido; y enriqueciéndose cada día con nuevos disparates, solía suceder que cuando en la Cruz se representaba el Misántropo ó la Atalía, en el Príncipe palmoteaba el vulgo á Ildefonso Coque haciendo El Negro más prodigioso, ó El Mágico africano. Nunca se había visto más monstruosa confusión de vejeces y novedades, de aciertos y locuras. Las musas de Lope, Montalván, Calderón, Moreto, Rojas, Solís, Zamora y Cañizares; las de Bazo, Regnard, Laviano, Corneille, Moncin, Metastasio, Cuadrado, Molière, Valladares, Racine, Concha, Goldoni, Nifo y Voltaire, todas alternaban en discorde unión; y de estos contrarios elementos se componía el repertorio de ambos teatros.
Así han seguido, y así continuarán hasta que entre los medios que pide su reforma, se acuerde la autoridad del primero que debe adoptarse, eligiendo el caudal de las piezas que han de darse al público en los teatros de todo el reino, sin omitir el requisito de hacer que se obedezca irrevocablemente lo que determine.
El Delincuente honrado, tragicomedia escrita por don Gaspar de Jovellanos hacia el año de 1770, corrió manuscrita con estimación; y aunque demasiado distante del carácter de la buena comedia, se admiró en ella la expresión de los afectos, el buen lenguaje y la excelente prosa de su diálogo. Impresa en Barcelona sin anuencia del autor, no se vió representada en los teatros públicos hasta mucho tiempo después.
En el dicho año de 1770, al cumplir los diez y ocho de su edad, publicó don Tomás de Iriarte bajo el anagrama de don Tirso Imarieta, la comedia intitulada Hacer que hacemos, la cual desagradó á los inteligentes por su falta de interés y de caracteres; los cómicos, al leerla, creyeron con mucha razón que no podría sostenerse en el teatro.
La villa de Madrid, que celebró con regocijos públicos el nacimiento de los infantes gemelos y la paz con Inglaterra, hizo representar en el año de 1784 dos piezas dramáticas, que apenas vistas desaparecieron para siempre de nuestra escena. Los Menestrales, comedia de don Cándido María Trigueros, erudito, moralista, poligloto, anticuario, economista, botánico, orador, poeta lírico, épico, didáctico, trágico y cómico; obra escrita á pesar de Apolo, mereció las zumbas de Iriarte, y la desaprobación del público. Las bodas de Camacho, comedia pastoral de don Juan Meléndez Valdés, llena de excelentes imitaciones de Longo, Anacreonte, Virgilio, Tasso, y Gesner, escrita en suaves versos, con pura dicción castellana, presentó mal unidos en una fábula desanimada y lenta personajes, caracteres y estilos que no se pueden aproximar, sin que la armonía general de la composición se destruya. Las ideas y afectos eróticos de Basilio y Quiteria, la expresión florida y elegante en que los hizo hablar el autor, se avienen mal con los raptos enfáticos del ingenioso hidalgo: figura exagerada y grotesca, á quien sólo la demencia hace verosímil, y que siempre pierde, cuando otra pluma que la de Benengeli se atreve á repetirla. Las avecillas, las flores, los céfiros, las descripciones bucólicas (que nos acuerdan la imaginaria existencia del siglo de oro) no se ajustan con la locuacidad popular de Sancho, sus refranes, sus malicias, su hambre escuderil, que despierta la vista de los dulces zaques, el olor de las ollas de Camacho y el de los pollos guisados, los cabritos y los cochinillos. Quiso Meléndez acomodar en un drama los diálogos de El Aminta con los del Quijote, y resultó una obra de quínola, insoportable en los teatros públicos, y muy inferior á lo que hicieron en tan opuestos géneros el Tasso y Cervantes.