D. Carlos.—Si me dejase llevar de mi pasión y de lo que esos ojos me inspiran, una temeridad... Pero tiempo hay... Él también será hombre de honor, y no es justo insultarle porque quiere bien á una mujer tan digna de ser querida... Yo no conozco á su madre de usted ni... vamos, ahora nada se puede hacer... Su decoro de usted merece la primera atención.
D.ª Francisca.—Es mucho el empeño que tiene en que me case con él.
D. Carlos.—No importa.
D.ª Francisca.—Quiere que esta boda se celebre así que lleguemos á Madrid.
D. Carlos.—¿Cuál?... No. Eso no.
D.ª Francisca.—Los dos están de acuerdo, y dicen...
D. Carlos.—Bien... Dirán... Pero no puede ser.
D.ª Francisca.—Mi madre no me habla continuamente de otra materia. Me amenaza, me ha llenado de temor... Él insta por su parte, me ofrece tantas cosas, me...
D. Carlos.—Y usted ¿qué esperanza le da?... ¿Ha prometido quererle mucho?
D.ª Francisca.—¡Ingrato!... ¿Pues no sabe usted que?... ¡Ingrato!