D. Carlos.—¡Paquita!... ¡vida mía!... Ya estoy aquí. ¿Cómo va, hermosa, cómo va?

D.ª Francisca.—Bien venido.

D. Carlos.—¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi llegada más alegría?

D.ª Francisca.—Es verdad; pero acaban de sucederme cosas que me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo sabe usted... Después de escrita aquella carta, fueron por mí... Mañana á Madrid... Ahí está mi madre.

D. Carlos.—¿En dónde?

D.ª Francisca.—Ahí, en ese cuarto. (Señalando al cuarto de doña Irene.)

D. Carlos.—¡Sola!

D.ª Francisca.—No, señor.

D. Carlos.—Estará en compañía del prometido esposo. (Se acerca al cuarto de doña Irene, se detiene y vuelve.) Mejor... Pero ¿no hay nadie más con ella?

D.ª Francisca.—Nadie más, solos están... ¿Qué piensa usted hacer?