D. Carlos.—Yo le buscaré... ¿No tiene usted confianza en mí?

D.ª Francisca.—¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa usted que estuviera yo viva, si esa esperanza no me animase? Sola y desconocida de todo el mundo, ¿qué había yo de hacer? Si usted no hubiese venido, mis melancolías me hubieran muerto, sin tener á quien volver los ojos, ni poder comunicar á nadie la causa de ellas... Pero usted ha sabido proceder como caballero y amante, y acaba de darme con su venida la prueba mayor de lo mucho que me quiere. (Se enternece y llora.)

D. Carlos.—¡Qué llanto!... ¡Cómo persuade!... Sí, Paquita, yo solo basto para defenderla á usted de cuántos quieran oprimirla. Á un amante favorecido ¿quién puede oponérsele? Nada hay que temer.

D.ª Francisca.—¿Es posible?

D. Carlos.—Nada... Amor ha unido nuestras almas en estrechos nudos, y sólo la muerte bastará á dividirlas.

ESCENA VIII.

RITA, DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA.

Rita.—Señorita, adentro. La mamá pregunta por usted. Voy á traer la cena, y se van á recoger al instante... Y usted, señor galán, ya puede también disponer de su persona.

D. Carlos.—Sí, que no conviene anticipar sospechas... Nada tengo que añadir.

D.ª Francisca.—Ni yo.