D. Carlos.—¡Hombre, tú en Alcalá! ¿Pues qué novedad es esta?
Simón.—¡Oh, que estaba usted ahí, señorito! ¡Voto á sanes!
D. Carlos.—¿Y mi tío?
Simón.—Tan bueno.
Calamocha.—¿Pero se ha quedado en Madrid, ó?...
Simón.—¿Quién me había de decir á mí?... ¡Cosa como ella! Tan ageno estaba ya ahora de... Y usted de cada vez más guapo... ¿Conque usted irá á ver al tío, eh?
Calamocha.—Tú habrás venido con algún encargo del amo.
Simón.—¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese camino! ¡Ya, ya!
Calamocha.—¿Alguna cobranza tal vez, eh?
D. Carlos.—Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de hacienda en Ajalvir... ¿No has venido á eso?