Simón.—¡Y qué buena maula le ha salido el tal administrador! Labriego más marrullero y más bellaco no le hay en toda la campiña... ¿Conque usted viene ahora de Zaragoza?

D. Carlos.—Pues... Figúrate tú.

Simón.—¿Ó va usted allá?

D. Carlos.—¿Adónde?

Simón.—Á Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?

Calamocha.—Pero, hombre, si salimos el verano pasado de Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de cuatro leguas?

Simón.—¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y tardan más de cuatro meses en llegar... Debe de ser un camino muy malo.

Calamocha (aparte separándose de Simón.)—¡Maldito seas tú, y tu camino, y la bribona que te dió papilla!

D. Carlos.—Pero aún no me has dicho si mi tío está en Madrid ó en Alcalá, ni á qué has venido, ni...

Simón.—Bien, á eso voy... Sí, señor, voy á decir á usted... Conque... Pues el amo me dijo...