D. Carlos.—Mi desgracia me ha traído.

D. Diego.—¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero... (Acercándose á don Carlos.) ¿Qué dices? ¿De veras ha ocurrido alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?

Calamocha.—Porque le tiene á usted ley, y le quiere bien, y...

D. Diego.—Á ti no te pregunto nada... ¿Por qué has venido de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te asusta el verme?... Algo has hecho: sí, alguna locura has hecho que le habrá de costar la vida á tu pobre tío.

D. Carlos.—No, señor, que nunca olvidaré las máximas de honor y prudencia que usted me ha inspirado tantas veces.

D. Diego.—Pues, ¿á qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son deudas? ¿Es algún disgusto con tus jefes? Sácame de esta inquietud, Carlos... Hijo mío, sácame de este afán.

Calamocha.—Si todo ello no es más que...

D. Diego.—Ya he dicho que calles... Ven acá. (Asiendo de una mano á don Carlos, se aparta con él á un extremo del teatro, y le habla en voz baja.) Dime qué ha sido.

D. Carlos.—Una ligereza, una falta de sumisión á usted. Venir á Madrid sin pedirle licencia primero... Bien arrepentido estoy, considerando la pesadumbre que le he dado al verme.

D. Diego.—¿Y qué otra cosa hay?