D. Carlos.—Bien está; pero ya he dicho los motivos...
D. Diego.—Todos estos motivos no valen nada... ¡Porque le dió la gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío de usted no es verle cada ocho días, sino saber que es hombre de juicio, y que cumple con sus obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero (Alza la voz, y se pasea inquieto.) yo tomaré mis medidas para que estas locuras no se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse inmediatamente.
D. Carlos.—Señor, si...
D. Diego.—No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted no ha de dormir aquí.
Calamocha.—Es que los caballos no están ahora para correr... ni pueden moverse.
D. Diego.—Pues con ellos (Á Calamocha.) y con las maletas al mesón de afuera. Usted (Á don Carlos.) no ha de dormir aquí... Vamos (Á Calamocha.) tú, buena pieza, menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto que se haya hecho, sacar los caballos, y marchar... Ayúdale tú... (Á Simón.) ¿Qué dinero tienes ahí?
Simón.—Tendré unas cuatro ó seis onzas.
(Saca de un bolsillo algunas monedas, y se las da á don Diego.)
D. Diego.—Dámelas acá. Vamos, ¿qué haces?... (Á Calamocha.) ¿No he dicho que ha de ser al instante? Volando. Y tú (Á Simón.) vé con él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se hayan ido.
(Los dos criados entran en el cuarto de don Carlos.)