ESCENA XII.
DON DIEGO, DON CARLOS.
D. Diego.—Tome usted... (Le da el dinero.) Con eso hay bastante para el camino... Vamos, que cuando yo lo dispongo así, bien sé lo que me hago... ¿No conoces que es todo por tu bien, y que ha sido un desatino el que acabas de hacer?... Y no hay que afligirse por eso, ni creas que es falta de cariño... Ya sabes lo que te he querido siempre; y en obrando tú según corresponde, seré tu amigo como lo he sido hasta aquí.
D. Carlos.—Ya lo sé.
D. Diego.—Pues bien: ahora obedece lo que te mando.
D. Carlos.—Lo haré sin falta.
D. Diego.—Al mesón de afuera. (Á los dos criados, que salen con los trastos del cuarto de don Carlos y se van por la puerta del foro.) Allí puedes dormir, mientras los caballos comen y descansan... Y no me vuelvas aquí por ningún pretexto ni entres en la ciudad... cuidado. Y á eso de las tres ó las cuatro marchar. Mira que he de saber á la hora que sales. ¿Lo entiendes?
D. Carlos.—Sí, señor.
D. Diego.—Mira, que lo has de hacer.
D. Carlos.—Sí, señor, haré lo que usted manda.