(Vuelven á probar el instrumento.)

Rita.—Sí, señora... Pero vuelven á tocar... Silencio.

D.ª Francisca.—No te muevas... Deja... Sepamos primero si es él.

Rita.—¿Pues no ha de ser?... La seña no puede mentir.

D.ª Francisca.—Calla... (Repiten desde adentro la sonata anterior.) Sí, él es... ¡Dios mío!... (Acércase Rita á la ventana, abre la vidriera y da tres palmadas. Cesa la música.) Vé, responde... Albricias, corazón. Él es.

Simón.—¿Ha oído usted?

D. Diego.—Sí.

Simón.—¿Qué querrá decir esto?

D. Diego.—Calla.

D.ª Francisca (Se asoma á la ventana. Rita se queda detrás de ella. Los puntos suspensivos indican las interrupciones más ó menos largas que deben hacerse.)—Yo soy. Y ¿qué había de pensar viendo lo que usted acababa de hacer?... ¿Qué fuga es esta?... Rita, (Apartándose de la ventana, y vuelve después.) amiga, por Dios, ten cuidado, y si oyeres algún rumor, al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste de mí!... Bien está, tírela usted... Pero yo no acabo de entender... ¡Ay, don Félix! nunca le he visto á usted tan tímido... (Tiran desde adentro una carta que cae por la ventana al teatro. Doña Francisca hace ademán de buscarla, y no hallándola vuelve á asomarse.) No, no la he cogido; pero aquí está sin duda... ¿Y no he de saber yo hasta que llegue el día los motivos que tiene usted para dejarme muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de su boca de usted. Su Paquita de usted se lo manda... Y ¿cómo le parece á usted que estará el mío?... No me cabe en el pecho... diga usted.