D. Diego.—¿Está usted desazonada?
D.ª Francisca.—Alguna cosa.
D. Diego.—¿Qué siente usted?
(Siéntase junto á doña Francisca.)
D.ª Francisca.—No es nada... Así un poco de... Nada... no tengo nada.
D. Diego.—Algo será; porque la veo á usted muy abatida, llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la quiero tanto?
D.ª Francisca.—Sí, señor.
D. Diego.—Pues ¿por qué no hace usted más confianza de mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de complacerla?
D.ª Francisca.—Ya lo sé.
D. Diego.—¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo, no desahoga con él su corazón?