D. Diego.—Sea cual fuere, hija mía, es menester que usted se anime... Si la ve á usted su madre de esa manera, ¿qué ha de decir?... Mire usted que ya parece que se ha levantado.
D.ª Francisca.—¡Dios mío!
D. Diego.—Sí, Paquita; conviene mucho que usted vuelva un poco sobre sí... No abandonarse tanto... Confianza en Dios... Vamos, que no siempre nuestras desgracias son tan grandes como la imaginación las pinta... ¡Mire usted qué desorden éste! ¡qué agitación! ¡qué lágrimas! Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así... con cierta serenidad y... eh?
D.ª Francisca.—Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi madre. Si usted no me defiende, ¿á quién he de volver los ojos? ¿Quién tendrá compasión de esta desdichada?
D. Diego.—Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es posible que yo la abandonase... ¡criatura! en la situación dolorosa en que la veo? (Asiéndola de las manos.)
D.ª Francisca.—¿De veras?
D. Diego.—Mal conoce usted mi corazón.
D.ª Francisca.—Bien le conozco.
(Quiere arrodillarse; don Diego se lo estorba, y ambos se levantan.)
D. Diego.—¿Qué hace usted, niña?