D. Diego.—¿Qué dices?
Simón.—Cuando yo salía de la puerta, los ví á lo lejos, que iban ya de camino. Empecé á dar voces y hacer señas con el pañuelo; se detuvieron, y apenas llegué y le dije al señorito lo que usted mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le encargué que no subiera hasta que le avisara yo, por si acaso había gente aquí, y usted no quería que le viesen.
D. Diego.—¿Y qué dijo cuando le diste el recado?
Simón.—Ni una sola palabra... Muerto viene... Ya digo, ni una sola palabra... Á mí me ha dado compasión el verle así tan...
D. Diego.—No me empieces ya á interceder por él.
Simón.—¿Yo, señor?
D. Diego.—Sí, que no te entiendo yo... ¡Compasión!... Es un pícaro.
Simón.—Como yo no sé lo que ha hecho.
D. Diego.—Es un bribón, que me ha de quitar la vida... Ya te he dicho que no quiero intercesores.
Simón.—Bien está, señor.