D. Diego.—¡Precisión!

D. Carlos.—Sí, señor... Le debo muchas atenciones, y no era posible volverme á Zaragoza sin estar primero con él.

D. Diego.—Ya. En habiendo tantas obligaciones de por medio... Pero venirle á ver á las tres de la mañana, me parece mucho desacuerdo... ¿Por qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de tener... Con este papel que le hubieras enviado en mejor ocasión, no había necesidad de hacerle trasnochar, ni molestar á nadie.

(Dándole el papel que tiraron á la ventana. Don Carlos luégo que le reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de irse.)

D. Carlos.—Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama? ¿Por qué no me permite seguir mi camino, y se evitaría una contestación de la cual ni usted ni yo quedaremos contentos?

D. Diego.—Quiere saber su tío de usted lo que hay en esto, y quiere que usted se lo diga.

D. Carlos.—¿Para qué saber más?

D. Diego.—Porque yo lo quiero, y lo mando. ¡Oiga!

D. Carlos.—Bien está.

D. Diego.—Siéntate ahí... (Siéntase don Carlos.) ¿En dónde has conocido á esta niña?... ¿Qué amor es éste? ¿Qué circunstancias han ocurrido?... ¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo la viste?