D. Carlos.—Volviéndome á Zaragoza el año pasado, llegué á Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa de campo nos apeamos, se empeñó en que había de quedarme allí todo aquel día, por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al siguiente me dejaría proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas hallé á doña Paquita, á quien la señora había sacado aquel día del convento para que se esparciese un poco... Yo no sé qué ví en ella, que excitó en mí una inquietud, un deseo constante, irresistible, de mirarla, de oirla, de hallarme á su lado, de hablar con ella, de hacerme agradable á sus ojos... El intendente dijo entre otras cosas... burlándose... que yo era muy enamorado, y le ocurrió fingir que me llamaba don Félix de Toledo. Yo sostuve esta ficción, porque desde luégo concebí la idea de permanecer algún tiempo en aquella ciudad, evitando que llegase á noticia de usted. Observé que doña Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por la noche nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome preferido á todos los concurrentes de aquel día, que fueron muchos. En fin... Pero no quisiera ofender á usted refiriéndole...
D. Diego.—Prosigue.
D. Carlos.—Supe que era hija de una señora de Madrid, viuda y pobre, pero de gente muy honrada... Fué necesario fiar de mi amigo los proyectos de amor que me obligaban á quedarme en su compañía; y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas las más ingeniosas para que ninguno de su familia extrañara mi detención. Como su casa de campo está inmediata á la ciudad, fácilmente iba y venía de noche... Logré que doña Paquita leyese algunas cartas mías; y con las pocas respuestas que de ella tuve, acabé de precipitarme en una pasión que mientras viva me hará infeliz.
D. Diego.—Vaya... Vamos, sigue adelante.
D. Carlos.—Mi asistente (que, como usted sabe, es hombre de travesura, y conoce el mundo) con mil artificios que á cada paso le ocurrían, facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos... La seña era dar tres palmadas, á las cuales respondían con otras tres desde una ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos todas las noches, muy á deshora, con el recato y las precauciones que ya se dejan entender... Siempre fuí para ella don Félix de Toledo, oficial de un regimiento, estimado de mis jefes y hombre de honor. Nunca la dije más, ni la hablé de mis esperanzas, ni la dí á entender que casándose conmigo podría aspirar á mejor fortuna; porque ni me convenía nombrarle á usted, ni quise exponerla á que las miras de interés, y no el amor, la inclinasen á favorecerme. De cada vez la hallé más fina, más hermosa, más digna de ser adorada... Cerca de tres meses me detuve allí; pero al fin era necesario separarnos, y una noche funesta me despedí, la dejé rendida á un desmayo mortal, y me fuí ciego de amor adonde mi obligación me llamaba... Sus cartas consolaron por algún tiempo mi ausencia triste, y en una que recibí pocos días há, me dijo cómo su madre trataba de casarla, que primero perdería la vida que dar su mano á otro que á mí; me acordaba mis juramentos, me exhortaba á cumplirlos... Monté á caballo, corrí precipitado al camino, llegué á Guadalajara, no la encontré, vine aquí... Lo demás bien lo sabe usted, no hay para qué decírselo.
D. Diego.—¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?
D. Carlos.—Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor, pasar á Madrid, verle á usted, echarme á sus piés, referirle todo lo ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni protecciones, ni... eso no... Sólo su consentimiento y su bendición para verificar un enlace tan suspirado, en que ella y yo fundábamos toda nuestra felicidad.
D. Diego.—Pues ya ves, Carlos, que es tiempo de pensar muy de otra manera.
D. Carlos.—Sí, señor.
D. Diego.—Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre y toda su familia aplauden este casamiento. Ella... y sean las que fueren las promesas que á ti te hizo... ella misma, no há media hora, me ha dicho que está pronta á obedecer á su madre y darme la mano así que...