D. Carlos.—Pero no el corazón. (Levántase.)
D. Diego.—¿Qué dices?
D. Carlos.—No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará sus bodas cuando guste; ella se portará siempre como conviene á su honestidad y á su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto de su cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido, pero si alguna ó muchas veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo, yo seré la causa... Los suspiros, que en vano procurará reprimir, serán finezas dirigidas á un amigo ausente.
D. Diego.—¿Qué temeridad es esta?
(Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia don Carlos, el cual se va retirando.)
D. Carlos.—Ya se lo dije á usted... Era imposible que yo hablase una palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa conversación... Viva usted feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he querido disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle de mi obediencia y mi respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me niegue á lo menos el consuelo de saber que usted me perdona.
D. Diego.—¿Conque en efecto te vas?
D. Carlos.—Al instante, señor... Y esta ausencia será bien larga.
D. Diego.—¿Por qué?
D. Carlos.—Porque no me conviene verla en mi vida... Si las voces que corren de una próxima guerra se llegaran á verificar... entonces...