La oportuna expresión de afectos y caracteres se hace tan indispensable en la comedia, que sin ellos queda imperfectísima la imitación, y si en todos los hombres existe una fisonomía y un genio que los particulariza y los distingue, mal acierta á imitarlos el que los iguala en la escena, y á todos los hace sentir, discurrir y obrar de una manera idéntica. Este defecto, que abunda en las comedias de nuestro antiguo teatro, y es muy frecuente en las modernas de otras naciones, no se disimula ni con los rasgos delicados del ingenio, ni con la abundancia de chistes epigramáticos, ni con la pureza del lenguaje, ni con la cultura del estilo, ni con la fluidez sonora de los versos; si no hay oportuna expresión de afectos y caracteres, todo es perdido. El arte de escogerlos y de combinarlos, y el de preparar las situaciones para que naturalmente se desenvuelvan, ofrece no pequeñas dificultades á un poeta cómico.

Resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad mediante la disposición de la fábula y la expresión de los caracteres. En cuanto á estos, conviene que algunos sean ridículos, pero todos no, porque sin esta contraposición no aparecería la deformidad en toda su luz, ni existiría la necesaria degradación en las figuras, que tocadas con diferente fuerza deben quedar subalternas á la que se presenta como principal. Los defectos meramente físicos, involuntarios y de posible enmienda, no deben ser objeto primario de la burla, si bien muchas veces se introducen como medios auxiliares para completar la pintura del vicio que se trata de corregir. Ninguna ridiculez corporal debe exponerse en el teatro á la irrisión pública, si otra moral no la acompaña. Los vicios y errores que pinta la comedia deben ser comunes, porque no siéndolo, ninguna utilidad produciría su imitación. Una extravagancia, que rara vez se verifique en algún individuo, no puede servir para enseñanza de la multitud, que podría exclamar indignada contra el poeta: «Erraste el objeto de corrección que te proponías; nadie de nosotros adolece del vicio que pintas, ni conocemos á ninguno que le tenga.»

Debe pues ceñirse la buena comedia á presentar aquellos frecuentes extravíos que nacen de la índole y particular disposición de los hombres, de la absoluta ignorancia, de los errores adquiridos en la educación ó en el trato, de la multitud de las leyes contradictorias, feroces, inútiles ó absurdas, del abuso de la autoridad doméstica y de las falsas máximas que la dirigen, de las preocupaciones vulgares ó religiosas ó políticas, del espíritu de corporación, de clase ó paisanaje, de la costumbre, de la pereza, del orgullo, del ejemplo, del interés personal; de un conjunto de circunstancias, de afectos y de opiniones que producen efectivamente vicios y desórdenes capaces de turbar la armonía, la decencia, el placer social, y causar perjudiciales consecuencias al interés privado y al público.

Recomendadas por consiguiente la verdad y virtud en la fábula cómica, mediante la censura de los vicios del entendimiento y del corazón, desempeñará el poeta el objeto de utilidad general que debió proponerse. Enseña la verdad, cuando apoyada su doctrina en los conocimientos de la física, en el exacto raciocinio de la filosofía, que preside á las ciencias, en los sucesos que eterniza la historia, en la crítica y buen gusto de la literatura y de las artes, rectifica los errores adquiridos en la enseñanza de malos estudios, ó en el ejemplo de personas preocupadas ó estúpidas; y el pueblo, á quien habitualmente rodea espesa nube de ignorancia, halla en el teatro la única escuela abierta para él, donde se le desengaña sin castigarle, y se le ilustra cuando se le divierte.

En la comedia se recomienda la virtud haciéndola amable, como efectivamente lo es; pintando en otros hombres pasiones generosas ó tiernas, que haciéndolos superiores á todo otro interés menos laudable, los determinan á proceder en las varias combinaciones de la vida según los principios de la justicia, de la prudencia, de la humanidad y del honor lo piden. Cuantos vicios risibles infestan la sociedad, otros tantos descubre la comedia para inducirnos á conocerlos y evitarlos, al mismo tiempo que nos acuerda las obligaciones que debemos desempeñar en el trato del mundo para evitar los peligros que á cada paso nos presenta, para merecer por una conducta irreprensible la estimación y el amor de los buenos, para hallar en el testimonio de nuestra conciencia el más poderoso consuelo, la más segura protección contra los accidentes de la fortuna ó la injusticia de los hombres.

Tales fueron los principios generales que Moratín creyó convenir al teatro cómico; pero debía pasar más adelante el que tomaba sobre sí el empeño de reformar el nuestro. Su propia observación le dió á conocer que si el arte es suficiente para evitar el error, no basta él solo para producir los aciertos: éstos nacen de otro origen; no los aprende el poeta, los halla en sí: no los adquiere á fuerza de instrucción, la naturaleza se los da. Expliquen los que hayan llegado á saberlo, cuál sea la causa de que en unos individuos sí, y en otros no, se hallen facultades tan diferentes, que hacen imposible á éstos lo que aquellos encuentran fácil y genial; baste la persuasión de que efectivamente reside en determinados sujetos una peculiar aptitud mental, que les hace percibir lo que para otros muchos, dotados á lo que parece de la misma disposición orgánica, permanece ignorado y oculto. Este sentido, este particular instinto (si algún nombre ha de dársele) es el que ha producido hasta ahora los eminentes profesores en las artes de imitación. Á él se deben la Venus de Médicis y el Apolo de Belvedere; Velázquez, guiado por él, supo pintar el aire; por él Molière halló el verdadero carácter de la comedia; por él Rossini en sus inesperadas combinaciones armónicas añade á la música nuevos encantos. Si esta facultad creadora existió en Moratín para dar á sus composiciones dramáticas aquella facilidad difícil, aquella fuerza de expresión, aquel espíritu de vida, aquella constante apariencia de verdad, sin la cual nada es tolerable en la escena, la posteridad justa sabrá decidirlo.

En el éxito que tuvieron sus obras cómicas, representadas y leídas, vió logrado el fin que se propuso al componerlas. Dió en ellas el ejemplo práctico de que la observancia de las reglas asegura el acierto, si el talento las acompaña; y que el arte dramática, como todas las demás, resulta de principios certísimos é inalterables, sin cuyo conocimiento los mejores ingenios se precipitan y se malogran. Quiso imitar el atrevimiento laudable de Corneille y de Molière, que haciéndose superiores á las ideas comunes de su siglo, crearon la tragedia y la comedia en Francia. No pactó con los errores vulgares; no aspiró á una celebridad fácil de adquirir; quiso dar á su nación modelos dignos de ser imitados por los que sigan después tan arduo camino, y si no bastó su talento á igualar deseos tan generosos, merece á lo menos la gloria de haberlo intentado. Cuando haya en España buenos estudios; cuando el teatro merezca la atención del gobierno; cuando se propague el amor á las letras en razón del premio y el honor que logren; cuando cese de ser delito el saber, entonces (y sólo entonces) llevarán otros adelante la importante reforma que él empezó.

Quiso también desmentir de una manera victoriosa las equivocaciones en que han incurrido no pocos extranjeros que han escrito acerca de nuestro teatro, creyendo hallar en el carácter nacional las causas de su corrupción, acumulando errores sobre este supuesto, copiándose unos á otros, y obstinándose en decidir magistralmente sobre el mérito científico de una nación, sin conocer la historia de su literatura, sus costumbres ni su lengua, sin querer preguntar jamás lo que ignoran á los únicos que les pudieran instruir.

Cuando hablan del teatro español exageran su irregularidad, el espíritu caballeresco que le domina, los caracteres fantásticos, el enredo complicado, los incidentes imposibles de que se componen sus fábulas, escritas, á lo que ellos dicen, con estilo oriental, ditirámbico, erizado de metáforas, equívocos y sutilezas, redundante, hinchado, tenebroso, ampullas et sexquipedalia verba. Tal es la pintura que hacen de él; y confundiendo las épocas en razón de su mucha ignorancia, han atribuído y atribuyen á los españoles que hoy viven el mismo depravado gusto que reinaba dos siglos há. Nos echan en cara nuestra decidida inclinación á los autos sacramentales, y el placer con que vemos imitados en acción dramática los misterios de la religión, olvidándose de que hace ya setenta años que no se representan tales dramas en ninguno de los teatros de España. Nos citan una comedia de San Amaro, cuya acción dura doscientos años, y un auto que acaba con el Ite missa est: y no añaden que no hay un solo español ni extranjero que haya visto jamás en nuestra escena la representación de tal comedia ni de tal auto.

¿Qué dirían si juzgásemos el teatro francés por sus antiguas moralidades y sus misterios? ¿ó si para apreciar el talento cómico de Molière les citáramos el saco de Scapin, la transformación de M. Jourdain en Mamaouchi, los cuernos de Sganarelle, el aguavá de Trufaldin, la materia copiosa y laudable de Lucinda, las disposiciones de Argante y las jeringas de Pourceaugnac? ¿Qué dirían, si callando los aciertos de Goldoni, de Albergati, de Metastasio, de Monti, del terrible Alfieri, nos acordásemos únicamente de los voluntarios desatinos con que infestó el conde Gozzi los teatros de su nación? ¿si no halláramos otros ejemplares que citar que el de Arlequín tragado por la ballena, Arlequín que nace de un huevo, El príncipe Taer convertido en piedra, ó La Dama serpiente, piezas no ignoradas, como la de San Amaro, no sepultadas en el polvo de las bibliotecas, como nuestros autos, sino repetidas frecuentemente en las principales ciudades de Italia, en donde los que hoy viven han podido verlas no pocas veces?