Pero no sólo dan por supuesto que la escena española permanece en un extravagante desarreglo, sino que se adelantan á negarnos hasta la posibilidad de la enmienda. «Como la comedia tiene por objeto las acciones de personas inferiores y humildes, no siendo esto conforme con el carácter altivo de los españoles, puede asegurarse con verdad que la comedia nunca tuvo cabida en España.—Ningún español ha podido sujetar su talento á la unidad de lugar. No quieren los españoles salir del teatro conmovidos de ningún afecto de desprecio, de odio ó de amor: les parecería vergonzoso perder en una representación su natural indiferencia.—Como la galantería de los españoles ha sido heredada de los moros, les ha quedado á aquellos un cierto sabor de África, de que no han participado las demás naciones.» Esto dice el abate Cuadrio en su Historia poética. «La mezcla de bufonesco y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular agrada extremadamente á los españoles.» Esta observación es del P. Caymo, autor de la obra intitulada El vago italiano. «La verdadera comedia no ha sido conocida nunca de los españoles, que no saben reir sin gravedad, ni toleran en el teatro personas vulgares sino acompañadas con los héroes.» Este rasgo de crítica es del abate Bottinelli. «En la comedia aprecian siempre los españoles los enredos de Calderón, Rojas, Moreto y otros autores del mismo género, y durará este aprecio mientras sus fábulas tengan una relación general con las costumbres.—Si en España no se aplican á pintar los caracteres y ridiculeces de la sociedad, que tanto nos agradan en Molière, consiste en que de algunos siglos á esta parte la sociedad no ha dejado de ser en España lo que antes era.» Esto escribía M. La Harpe en el año de 1797.
¿Para qué citar más? El público español, aplaudiendo las comedias de Moratín, responde á tan atropelladas censuras. En España se llama comedia nacional la que pinta costumbres españolas; y el gusto dominante en la Península (como en todo lo restante de Europa) es el de ver copiados en el teatro los originales que se encuentran á cada paso en el trato común. El desarreglo no es nacional, no lo ha sido nunca en ninguna parte, á no suponer que exista una nación de estúpidos, en quienes no produce deleite la imitación de la verdad. El desarreglo es meramente accidental y transeúnte en todas partes, con más ó menos duración. Decir que en España se aprecian las comedias antiguas porque las costumbres no se han mudado, es hablar con tanto desacuerdo como si se tratara de un país remoto y casi desconocido. Precisamente por haberse mudado las costumbres, por no parecerse ya los españoles que hoy viven á los que existieron dos siglos há, las comedias escritas en aquel tiempo han decaído de la estimación que tuvieron, y desaparecerán del todo á proporción del número de piezas modernas que vaya adquiriendo el teatro. El público español, que tiene por muy nacionales las comedias de Moratín, ha visto en ellas la pintura fiel de nuestros usos y costumbres, de nuestros actuales vicios y errores. Ha visto que un español ha sabido sujetar su carácter altivo á tratar acciones domésticas, reducirlas á las temidas reglas de unidad, y aún algo más que esto. Ha visto que no hay en sus fábulas personas heróicas, ni mezcla de bufonesco y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular. Ha visto que en su representación se apasionan los espectadores, lloran ó ríen, según el autor quiso que lo hiciesen, y que no les es posible conservar aquella inmovilidad de estatuas con que el bueno del abate Cuadrio nos caracteriza. Ha visto por último en las citadas piezas la observancia más rigurosa del arte, unida á muchos de los primores que se admiran en nuestro antiguo teatro, y no se dice que nadie haya percibido en ellas hasta ahora ningún sabor ni resquemo africano, oriental ni francés.
Hubo una época en que algunos jóvenes, mal instruídos en sus primeros estudios, sin conocimiento de la antigua literatura, ignorantes de su propio idioma, negándose al estudio de nuestros versificadores y prosistas (que despreciaron sin leerlos), creyeron hallar en las obras extranjeras toda la instrucción que necesitaban para satisfacer su impaciente deseo de ser autores. Hiciéronse poetas, y alteraron la sintáxis y propiedad de su lengua, creyéndola pobre, porque ni la conocían ni la quisieron aprender; sustituyeron á la frase y giro poético, que la es peculiar, locuciones peregrinas é inadmisibles; quitaron á las palabras su acepción legítima ó las dieron la que tienen en otros idiomas; inventaron á su placer, sin necesidad ni acierto, voces extravagantes que nada significan, formando un lenguaje oscuro y bárbaro, compuesto de arcaísmos, de galicismos y de neologismo ridículo. Esta novedad halló imitadores, y el daño se propagó con funesta celeridad. Por ellos dijo Capmany: «Estos bastardos españoles confunden la esterilidad de su cabeza con la de su lengua, sentenciando que no hay tal ó tal voz, porque no la hallan. ¿Y cómo la han de hallar, si no la buscan ni la saben buscar? ¿Y dónde la han de buscar, si no leen nuestros libros? ¿Y cómo los han de leer, si los desprecian? Y no teniendo hecho caudal de su inagotable tesoro, ¿cómo han de tener á mano las voces de que necesitan?»
Á la ignorancia de la lengua se añadió la del arte de componer; falta de plan poético, pobreza de ideas, redundancia de palabras, apóstrofes sin número, destemplado uso de metáforas inconexas ó absurdas, desatinada elección de adjetivos, confusión de estilos, y constante error de creer sencillo lo que es trivial, gracioso lo que es pueril, sublime lo gigantesco, enérgico lo tenebroso y enigmático. Á esto añadieron una afectación intolerable de ternura, de filantropía y de filosofismo, que deja en claro el artificio pedantesco, y prueba que tales autores carecieron igualmente de sensibilidad que de doctrina.
Si en las obras sueltas de Moratín no se advierten extravíos de igual naturaleza, no por eso pudo lisonjearse de haber llegado á la perfección, que siempre huye del anhelo con que los hombres la solicitan: nada hay perfecto. Nunca aspiró á la gloria de poeta lírico; pero compuso algunas obras en este género para desahogo de su imaginación y sus afectos, ó para corresponder agradecido á los que estimaban en algo las producciones de su pluma. Siguió en este ramo de la poesía los mejores ejemplos de la antigua y moderna literatura; cultivó su lengua con aplicación infatigable; evitó los errores que veía difundirse y aumentarse diariamente, aplaudidos por la ignorancia y la falsa crítica, y sostenidos por la autoridad, que contribuyó eficazmente á propagarlos; pero ni desconoció la distancia á que se hallaba del acierto, ni fué tan grande su amor propio que le hiciese olvidar cuán difícil es adquirir en el Parnaso dos coronas.
LA COMEDIA NUEVA
COMEDIA EN DOS ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1792