(Éntrase don Carlos en el cuarto de don Diego.)

ESCENA XI.

DOÑA IRENE, DON DIEGO.

D.ª Irene.—Conque, señor don Diego, ¿es ya la de vámonos?... Buenos días... (Apaga la luz que está sobre la mesa.) ¿Reza usted?

D. Diego (paseándose con inquietud).—Sí, para rezar estoy ahora.

D.ª Irene.—Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el chocolate, y que avisen al mayoral para que enganchen luégo que... Pero ¿qué tiene usted, señor?... ¿Hay alguna novedad?

D. Diego.—Sí, no deja de haber novedades.

D.ª Irene.—Pues qué... Dígalo usted, por Dios... ¡Vaya, vaya!... No sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera cosa, así, repentina, me remueve toda y me... Desde el último mal parto que tuve, quedé tan sumamente delicada de los nervios... Y va ya para diez y nueve años, si no son veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera friolera me trastorna... Ni los baños, ni caldos de culebra, ni la conserva de tamarindos, nada me ha servido; de manera que...

D. Diego.—Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de conservas... Hay otra cosa más importante de que tratar... ¿Qué hacen esas muchachas?

D.ª Irene.—Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre, para que todo esté á la vela, y no haya detención.