D. Diego.—Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que asustarse ni alborotarse (Siéntanse los dos) por nada de lo que yo diga; y cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo necesitamos... Su hija de usted está enamorada...
D.ª Irene.—¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí, señor, que lo está; y bastaba que yo lo dijese para que...
D. Diego.—¡Este vicio maldito de interrumpir á cada paso! Déjeme usted hablar.
D.ª Irene.—Bien, vamos, hable usted.
D. Diego.—Está enamorada; pero no está enamorada de mí.
D.ª Irene.—¿Qué dice usted?
D. Diego.—Lo que usted oye.
D.ª Irene.—Pero ¿quién le ha contado á usted esos disparates?
D. Diego.—Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha contado; y cuando se lo digo á usted, bien seguro estoy de que es verdad... Vaya, ¿qué llanto es ese?
D.ª Irene (llorando).—¡Pobre de mí!