D.ª Rosa.—Milagro es que no me haya dejado debajo de llave, ó me haya llevado consigo, que aún es peor.

Juliana.—Le echaría yo más alto que...

D. Gregorio.—¡Oiga! ¿Y adónde van ustedes, niñas?

D.ª Leonor.—La he dicho á Rosita que se venga conmigo para que se esparza un poco. Saldremos por aquí por la puerta de San Bernardino, y entraremos por la de Fuencarral. Don Manuel nos hará el gusto de acompañarnos...

D. Manuel.—Sí por cierto: vamos allá.

D.ª Leonor.—Y mire usted: yo me quedo á merendar en casa de doña Beatriz... Me ha dicho tantas veces que por qué no llevo á ésta por allá, que ya no sé qué decirla; conque, si usted quiere, irá conmigo esta tarde; merendaremos, nos divertiremos un rato por el jardín, y al anochecer estamos de vuelta.

D. Gregorio.—Usted (Á doña Leonor, á Juliana, á don Manuel y á doña Rosa, según lo indica el diálogo) puede irse adonde guste, usted puede ir con ella... Tal para cual. Usted puede acompañarlas si lo tiene á bien; y usted á casa.

D. Manuel.—Pero hermano, déjalas que se diviertan, y que...

D. Gregorio.—Á más ver.

(Coge del brazo á doña Rosa, haciendo ademán de entrarse con ella en su casa.)