D.ª Leonor.—Pero ¿qué quiere usted decir con eso?

D. Gregorio.—Señora doña Leonor, con usted no va nada. Usted es una doncella muy prudente. No hablo con usted.

D.ª Leonor.—Pero ¿piensa usted que mi hermana estará mal en mi compañía?

D. Gregorio.—¡Oh, qué apurar! (Suelta el brazo de doña Rosa y se acerca adonde están los demás.) No estará muy bien, no, señora; y hablando en plata, las visitas que usted la hace me agradan poco, y el mayor favor que usted puede hacerme, es el de no volver por acá.

D.ª Leonor.—Mire usted, señor don Gregorio, usando con usted de la misma franqueza, le digo que yo no sé cómo ella tomará semejantes procedimientos; pero bien adivino el efecto que haría en mí una desconfianza tan injusta. Mi hermana es; pero dejaría de tener mi sangre, si fuesen capaces de inspirarla amor esos modales feroces, y esa opresión en que usted la tiene.

Juliana.—Y dice bien. Todos esos cuidados son cosa insufrible. ¡Encerrar de esa manera á las mujeres! ¡Pues qué!, ¿estamos entre turcos, que dicen que las tienen allá como esclavas, y que por eso son malditos de Dios? ¡Vaya, que nuestro honor debe ser cosa bien quebradiza, si tanto afán se necesita para conservarle! Y qué, ¿piensa usted que todas esas precauciones pueden estorbarnos el hacer nuestra santísima voluntad? Pues no lo crea usted; y al hombre más ladino le volvemos tarumba cuando se nos pone en la cabeza burlarle y confundirle. Ese encerramiento y esos centinelas son ilusiones de locos, y lo más seguro es fiarse de nosotras. El que nos oprime, á grandísimo peligro se expone; nuestro honor se guarda á sí mismo, y el que tanto se afana en cuidar de él, no hace otra cosa que despertarnos el apetito. Yo de mí sé decir, que si me tocara en suerte un marido tan caviloso como usted y tan desconfiado, por el nombre que tengo que me las había de pagar.

D. Gregorio.—Mira la buena enseñanza que das á tu familia, ¿ves? ¿Y lo sufres con tanta paciencia?

D. Manuel.—En lo que ha dicho no hallo motivos de enfadarme, sino de reir; y bien considerado no la falta razón. Su sexo necesita un poco de libertad, Gregorio, y el rigor excesivo no es á propósito para contenerle. La virtud de las esposas y de las doncellas no se debe ni á la vigilancia más suspicaz, ni á las celosías, ni á los cerrojos. Bien poco estimable sería una mujer, si sólo fuese honesta por necesidad y no por elección. En vano queremos dirigir su conducta, si antes de todo no procuramos merecer su confianza y su cariño. Yo te aseguro que, á pesar de todas las precauciones imaginables, siempre temería que peligrase mi honor en manos de una persona á quien sólo faltase la ocasión de ofenderme, si por otra parte la sobraban los deseos.

D. Gregorio.—Todo eso que dices no vale nada.

(Juliana se acerca á doña Rosa, que estará algo apartada. Don Gregorio lo advierte, la mira con enojo, y Juliana vuelve á retirarse.)