D. Manuel.—Sin duda.
D. Gregorio.—¿Y que vaya al Prado y á la comedia con otras cabecillas, y habrá simoniaco y merienda en el río, y?...
D. Manuel.—Cuando ella quiera.
D. Gregorio.—¿Y tendrá usted conversación en casa, chocolate, lotería, baile, forte-piano y coplitas italianas?
D. Manuel.—Preciso.
D. Gregorio.—¿Y la señorita oirá las impertinencias de tanto galán amartelado?
D. Manuel.—Si no es sorda.
D. Gregorio.—¿Y usted callará á todo, y lo verá con ánimo tranquilo?
D. Manuel.—Pues ya se supone.
D. Gregorio.—Quítate de ahí, que eres un loco... Vaya usted adentro, niña; usted no debe asistir á pláticas tan indecentes.