(Hace entrar en su casa á doña Rosa apresuradamente, cierra la puerta, y se pasea colérico por el teatro.)
ESCENA III.
DON MANUEL, DON GREGORIO, DOÑA LEONOR, JULIANA.
D. Manuel.—Ya te lo he dicho. La que sea mi esposa vivirá conmigo en libertad honesta, la trataré bien, haré estimación de ella, y probablemente corresponderá como debe á este amor y á esta confianza.
D. Gregorio.—¡Oh! qué gusto he de tener cuando la tal esposa le...
D. Manuel.—¿Qué?... Vamos, acaba de decirlo.
D. Gregorio.—¡Qué gusto ha de ser para mí!
D. Manuel.—Yo ignoro cuál será mi suerte; pero creo que si no te sucede á ti el chasco pesado que me pronosticas, no será ciertamente por no haber hecho de tu parte cuantas diligencias son necesarias para que suceda.
D. Gregorio.—Sí, ríe, búrlate. Ya llegará la mía, y veremos entonces cuál de los dos tiene más gana de reir.
D.ª Leonor.—Yo le aseguro del peligro con que usted le amenaza, señor don Gregorio, y desprecio la infame sospecha que usted se atreve á suscitar delante de mí. Yo le prometo, si llega el caso de que este matrimonio se verifique, que su honor no padezca, porque me estimo á mí propia en mucho; pero si usted hubiera de ser mi marido, en verdad que no me atrevería á decir otro tanto.