Juliana.—Realmente es cargo de conciencia con los que nos tratan bien, y hacen confianza de nosotras; pero con hombres como usted, pan bendito.

D. Gregorio.—Vaya enhoramala, habladora, desvergonzada, insolente.

D. Manuel.—Tú tienes la culpa de que ella hable así... Vamos, Leonor. Allá te dejaré con tus amigas, y yo me volveré á despachar el correo.

D.ª Leonor.—Pero ¿no irá usted por mí?

D. Manuel.—¿Qué sé yo? Si no he ido al anochecer, el criado de doña Beatriz puede acompañaros. Adios, Gregorio. Conque quedamos en que es menester mudar de humor, y en que esto de encerrar á las mujeres es mucho desatino. Soy criado de usted.

D. Gregorio.—Yo no soy criado de usted. Vaya usted con Dios.

(Don Manuel y las dos mujeres se van por una de las calles.)

ESCENA IV.

DON GREGORIO.

D. Gregorio.—Dios los cría, y ellos se juntan... ¡Qué familia! Un hombre maduro empeñado en vivir como un mancebito de primera tijera; una solterita desenfadada y mujer de mundo; unos criados sin vergüenza ni... No, la prudencia misma no bastaría á corregir los desórdenes de semejante casa... Lo peor es que Rosita no aprenderá cosa buena con estos ejemplos, y tal vez pudieran malograrse las ideas de recogimiento y virtud que he sabido inspirarla... Pondremos remedio... Muy buena es la plazuela de Afligidos, pero en Griñón estará mejor. Sí, cuanto antes; y allí volverá á divertirse con sus lechugas y sus gallinitas.