D. Enrique.—Sí por cierto, con muchísimo gusto.
D. Gregorio.—Dígame usted... ¿sabe usted que yo soy tutor de una joven muy bien parecida, que vive en aquella casa de las persianas verdes, y se llama doña Rosita?
D. Enrique.—Sí, señor.
D. Gregorio.—Pues bien; si usted lo sabe, no hay para qué decírselo... Y ¿sabe usted que siendo muy de mi gusto esta niña, me interesa mucho su persona, aún más que por el pupilaje, por estar destinada al honor de ser mi mujer?
D. Enrique (con sorpresa y sentimiento.)—No sabía eso.
D. Gregorio.—Pues yo se lo digo á usted. Y además le digo, que si usted gusta, no trate de galanteármela y la deje en paz.
D. Enrique.—¿Quién?... ¿Yo, señor?
D. Gregorio.—Sí, usted. No andemos ahora con disimulos.
D. Enrique.—Pero ¿quién le ha dicho á usted que yo esté enamorado de esa señorita?
D. Gregorio.—Personas á quienes se puede dar entera fe y crédito.