D. Enrique.—Pero repito que...
D. Gregorio.—¡Dale!... Ella misma.
D. Enrique.—¿Ella?
(Se admira y manifiesta particular interés en saber lo restante.)
D. Gregorio.—Ella. ¿No le parece á usted que basta? Como es una muchacha muy honrada, y que me quiere bien desde su edad más tierna, acaba de hacerme relación de todo lo que pasa. Y me encarga además que le advierta á usted, que ha entendido muy bien lo que usted quiere decirla con sus miradas, desde que ha dado en la flor de seguirla los pasos; que no ignora sus deseos de usted; pero que esta conducta la ofende, y que es inútil que usted se obstine en manifestarla una pasión tan repugnante al cariño que á mí me profesa.
D. Enrique.—¿Y dice usted que es ella misma la que le ha encargado?...
D. Gregorio.—Sí, señor, ella misma, la que me hace venir á darle á usted este consejo saludable, y á decirle, que habiendo penetrado desde luégo sus intenciones de usted, le hubiera dado este aviso mucho tiempo antes, si hubiese tenido alguna persona de quien fiar tan delicada comisión; pero que viéndose ya apurada y sin otro recurso, ha querido valerse de mí para que cuanto antes sepa usted que basta ya de guiñaduras, que su corazón todo es mío, y que si tiene usted un tantico de prudencia, es de esperar que dirigirá sus miradas hacia otra parte. Adios, hasta la vista. No tengo otra cosa que advertir á usted.
(Se aparta de ellos adelantándose hacia el proscenio.)
D. Enrique.—Y bien, Cosme, ¿qué me dices de esto?
Cosme.—Que no le debe dar á usted pesadumbre, que alguna maraña hay oculta, y sobre todo, que no desprecia su obsequio de usted la que le envía ese recado.