D. Gregorio.—Se ve que le ha hecho efecto.
D. Enrique.—¿Conque tú crees también que hay algún artificio?
Cosme.—Sí... Pero vamos de aquí, porque está observándonos.
(Los dos se entran en la casa de don Enrique. Don Gregorio, después de haberlos observado, se pasea por el teatro.)
ESCENA IV.
DON GREGORIO, DOÑA ROSA.
D. Gregorio.—Anda, pobre hombre, anda, que no esperabas tú semejante visita... Ya se ve, una niña virtuosa como ella es, con la educación que ha tenido... Las miradas de un hombre la asustan, y se da por muy ofendida.
(Mientras don Gregorio se pasea y hace ademanes de hablar solo, doña Rosa abre su puerta y habla sin haberle visto; él por último se encamina á su casa y le sorprende hallar á doña Rosa.)
D.ª Rosa.—Yo me determino. Tal vez en la sorpresa que debe causarle no habrá entendido mi intención... ¡Oh! es menester, si ha de acabarse esta esclavitud, no dejarle en dudas.
D. Gregorio.—Vamos á verla y á contarla... ¡Calle! Qué ¿estabas aquí?... Ya despaché mi comisión.