D.ª Rosa.—Bien impaciente estaba. ¿Y qué hubo?

D. Gregorio.—Que ha surtido el efecto deseado, y el hombre queda que no sabe lo que le pasa. Al principio se me hacía el desentendido; pero luégo que le aseguré que tú propia me enviabas, se confundió, no acertaba con las palabras, y no me parece que te volverá á molestar.

D.ª Rosa.—¿Eso dice usted? Pues yo temo que ese bribón nos ha de dar alguna pesadumbre.

D. Gregorio.—Pero ¿en qué fundas ese temor, hija mía?

D.ª Rosa.—Apenas había usted salido, me fuí á la pieza del jardín á tomar un poco el fresco en la ventana, y oí que fuera de la tapia cantaba un chico, y se entretenía en tirar piedras al emparrado. Le reñí desde el balcón diciéndole que se fuese de allí, pero él se reía y no dejaba de tirar. Como los cantos llegaban demasiado cerca, quise meterme adentro, temerosa de que no me rompiese la cabeza con alguno. Pues cuando iba á cerrar la ventana, viene uno por el aire, que me pasó muy cerca de este hombro, y cayó dentro del cuarto. Pensaba yo que fuese un pedazo de yeso, acércome á cogerle, y... ¿qué le parece á usted que era?

D. Gregorio.—¿Qué sé yo? Algún mendrugo seco, ó algún troncho, ú así...

D.ª Rosa.—No, señor. Era este envoltorio de papel.

(Saca de la faltriquera un papel envuelto, y según lo indica el diálogo, le desenvuelve y va enseñándole á don Gregorio la caja y la carta.)

D. Gregorio.—¡Calle!

D.ª Rosa.—Y dentro esta caja de oro.