D. Gregorio.—¡Oiga!
D.ª Rosa.—Y dentro esta carta dobladita como usted la ve, con su sobrescrito, y su sello de lacre verde, y...
D. Gregorio.—¡Picardía como ella!... ¿Y el muchacho?
D.ª Rosa.—El muchacho desapareció al instante... Mire usted, el corazón le tengo tan oprimido, que...
D. Gregorio.—Bien te lo creo.
D.ª Rosa.—Pero es obligación mía devolver inmediatamente la caja y la carta á ese diablo de ese hombre; bien que para esto era menester que alguno se encargase de... Porque atreverme yo á que usted mismo...
D. Gregorio.—Al contrario, bobilla: de esa manera me darás una prueba de tu cariño. No sabes tú la fineza que en esto me haces. Yo, yo me encargo de muy buena gana de ser el portador.
D.ª Rosa.—Pues tome usted.
(Le da la caja, la carta y el papel en que estaba todo envuelto. Don Gregorio lee el sobrescrito, y hace ademán de ir á abrir la carta; doña Rosa pone las manos sobre las suyas y le detiene.)
D. Gregorio.—Á mi señora doña Rosa Jiménez.—Enrique de Cárdenas. ¡Temerario, seductor! Veamos lo que te escribe, y...