D.ª Rosa.—¡Ay! No por cierto: no la abra usted.

D. Gregorio.—¿Y qué importa?

D.ª Rosa.—¿Quiere usted que él se persuada á que yo he tenido la ligereza de abrirla? Una doncella debe guardarse de leer jamás los billetes que un hombre la envíe; porque la curiosidad que en esto descubre, dará á sospechar que interiormente no la disgusta que la escriban amores. No, señor, no. Yo creo que se le debe entregar la carta cerrada como está, y sin dilación ninguna, para que vea el alto desprecio que hago de él, que pierda toda esperanza, y no vuelva nunca á intentar locura semejante.

D. Gregorio.—Tiene muchísima razón. (Se aparta hacia un lado, y vuelve después á hablarla muy satisfecho. Mete la carta dentro de la caja, la envuelve curiosamente y se la guarda.) Rosita, tu prudencia y tu virtud me maravillan. Veo que mis lecciones han producido en tu alma inocente sazonados frutos, y cada vez te considero más digna de ser mi esposa.

D.ª Rosa.—Pero si usted tiene gusto de leerla...

D. Gregorio.—No, nada de eso.

D.ª Rosa.—Léala usted si quiere, como no la oiga yo.

D. Gregorio.—No, no, señor. Si estoy muy persuadido de lo que me has dicho. Conviene llevarla así. Voy allá en un instante... Me llegaré después aquí á la botica á encargar aquel ungüentillo para los callos... Volveré á hacerte compañía, y leeremos un par de horas en Desiderio y Electo... ¿Eh? Adios.

D.ª Rosa.—Venga usted pronto.

(Se entra doña Rosa en su casa.)