ESCENA V.

DON GREGORIO, COSME.

D. Gregorio.—El corazón me rebosa de alegría al ver una muchacha de esta índole. Es un tesoro el que yo tengo en ella de modestia y de juicio. ¡Ah! Quisiera yo saber si la pupila de mi docto hermano sería capaz de proceder así. No, señor, las mujeres son lo que se quiere que sean. (Va á casa de don Enrique, y llama. Al salir Cosme, desenvuelve el papel, le enseña la carta cerrada, se lo pone todo en las manos, y se va por una calle.) Deo gracias.

Cosme.—¿Quién es? ¡Oh! señor don...

D. Gregorio.—Tome usted, dígale usted á su amo que no vuelva á escribir más cartas á aquella señorita, ni á enviarla cajitas de oro, porque está muy enfadada con él... Mire usted, cerrada viene. Dígale usted que por ahí podrá conocer el buen recibo que ha tenido, y lo que puede esperar en adelante.

ESCENA VI.

DON ENRIQUE, COSME.

D. Enrique.—¿Qué es eso? ¿Qué te ha dado ese bárbaro?

Cosme.—Esta caja con esta carta, que dice que usted ha enviado á doña Rosita...

(Don Enrique le oye con admiración, abre la carta y la lee cuando lo indica el diálogo.)