D. Gregorio.—Ya se ve, que era una locura.
D. Enrique.—¡Oh! yo le aseguro á usted que si hubiese llegado á presumir que usted era ya dueño de aquel corazón, nunca hubiera tenido la temeridad de disputársele.
D. Gregorio.—Yo lo creo.
D. Enrique.—Acabó mi esperanza, y renuncio á una felicidad que, estando usted de por medio, no es para mí.
D. Gregorio.—En lo cual hace usted muy bien.
D. Enrique.—Y aun es tal mi desdicha, que no me permite ni el triste consuelo de la queja; porque al considerar las prendas que le adornan á usted, ¿cómo he de atreverme á culpar la elección de doña Rosa, que las conoce y las estima?
D. Gregorio.—Usted dice bien.
D. Enrique.—No haya más. Esta ventura no era para mí: desisto de un empeño tan imposible... Pero si algo merece con usted un amante infeliz, (Don Enrique dará particular expresión á estas razones y á las que dice más adelante, deseoso de que don Gregorio las perciba bien, y acierte á repetirlas.) de cuya aflicción es usted la causa, yo le suplico solamente que asegure en mi nombre á doña Rosita, que el amor que de tres meses á esta parte la estoy manifestando es el más puro, el más honesto, y que nunca me ha pasado por la imaginación idea ninguna de la cual su delicadeza y su pudor deban ofenderse.
D. Gregorio.—Sí, bien está: se lo diré.
D. Enrique.—Que como era tan voluntaria esta elección en mí, no tenía otro intento que el de ser su esposo, ni hubiera abandonado esta solicitud, si el cariño que á usted le tiene no me opusiera un obstáculo tan insuperable.