D. Gregorio.—Bien, se lo diré lo mismo que usted me lo dice.

D. Enrique.—Sí, pero que no piense que yo pueda olvidarme jamás de su hermosura. Mi destino es amarla mientras me dure la vida, y si no fuese el justo respeto que me inspira su mérito de usted, no habría en el mundo ninguna otra consideración que fuese bastante á detenerme.

D. Gregorio.—Usted habla y procede en eso como hombre de buena razón... Voy al instante á decirla cuanto usted me encarga... (Hace que se va, vuelve.) Pero créame usted, don Enrique: es menester distraerse, alegrarse y procurar que esa pasión se apague y se olvide. ¡Qué diantre! usted es mozo y sujeto de circunstancias: conque es menester que... Vaya, vamos, ¿para qué es el talento?... Conque... ¡Eh! Adios.

(Se aparta de ellos encaminándose á su casa. Don Enrique y Cosme se van, y entran en la suya.)

D. Enrique.—¡Qué necio es!

ESCENA VIII.

DON GREGORIO llama á su puerta, y sale DOÑA ROSA.

D. Gregorio.—Es increíble la turbación que ha manifestado el hombre, al ver su billete devuelto y cerrado como él le envió... Asunto concluído. Pierde toda esperanza, y sólo me ha rogado con el mayor encarecimiento que te diga, que su amor es honestísimo, que no pensó que te ofendieras de verte amada, que su elección es libre, que aspiraba á poseerte por medio del matrimonio; pero que sabiendo ya el amor que me tienes, sería un temerario en seguir adelante... ¿Qué se yo cuánto me dijo?... Que nunca te olvidará; que su destino le obliga á morir amándote... Vamos, hipérboles de un hombre apasionado... pero que reconoce mi mérito y cede, y no volverá á darnos la menor molestia... No. Es cierto que él me ha hablado con mucha cortesía y mucho juicio, eso sí... Compasión me daba el oirle... Conque, y tú, ¿qué dices á esto?

D.ª Rosa.—Que no puedo sufrir que usted hable de esa manera de un hombre á quien aborrezco de todo corazón, y que si usted me quisiera tanto como dice, participaría del enojo que me causan sus procederes atrevidos.

D. Gregorio.—Pero él, Rosita, no sabía que tú estuvieras tan apasionada de mí, y considerando las honestas intenciones de su amor, no merece que se le...