D.ª Rosa.—Pues en ese tiempo ha sido. Luégo que cerré me puse á dar unas sopas á los gatitos, oigo llamar, y creyendo que fuese usted, bajé tan alegre... Mi fortuna estuvo en que no abrí. Pregunto quién es, y por la cerradura oigo una voz desconocida que me dijo: Señorita, mi amo sabe que vive usted cautiva en poder de ese bruto, que se quiere casar con usted en esta semana próxima. No tiene usted que desconsolarse; don Enrique la adora á usted, y es imposible que usted desprecie un amor tan fino como el suyo. Viva usted prevenida, que de un instante á otro cuando su tutor la deje sola, vendrá á sacarla de esta cárcel, la depositará á usted en una casa de satisfacción, y... Yo no quise oir más, me subí muy queditito por la escalera arriba, me metí en mi cuarto... Yo pensé que me daba algún accidente.
D. Gregorio.—Ese era el bribón del lacayo.
D.ª Rosa.—Á la cuenta.
D. Gregorio.—Pero se ve que ese hombre es loco.
D.ª Rosa.—No tanto como á usted le parece. Mire usted si sabe disimular el traidor, y fingir delante de usted para engañarle con buenas palabras, mientras en su interior está meditando picardías... Harto desdichada soy yo por cierto, si á pesar del conato que pongo en conservar mi decoro y honestidad, he de verme expuesta á las tropelías de un hombre capaz de atreverse á las acciones más infames.
D. Gregorio.—Vaya, vamos, no temas nada, que...
D.ª Rosa.—No; esto pide una buena resolución. Es menester que usted le hable con mucha firmeza, que le confunda, que le haga temblar. No hay otro medio de librarme de él, ni de obligarle á que desista de una persecución tan obstinada.
D. Gregorio.—Bien; pero no te desconsueles así, mujercita mía; no, que yo le buscaré y le diré cuatro cosas bien dichas.
D.ª Rosa.—Dígale usted, si se empeña en negarlo, que yo he sido la que le he dado á usted esta noticia; que son vanos sus propósitos; que por más que lo intente no me sorprenderá; y en fin, que no pierda el tiempo en suspiros inútiles, puesto que por su conducto de usted le hago saber mi determinación, y que si no quiere ser causa de alguna desgracia irremediable, no espere á que se le diga una cosa dos veces.
D. Gregorio.—¡Oh! Yo le diré cuanto sea necesario.