D.ª Rosa.—Pero de manera que comprenda bien que soy yo la que se lo dice.
D. Gregorio.—No, no le quedará duda; yo te lo aseguro.
D.ª Rosa.—Pues bien. Mire usted que le aguardo con impaciencia; despáchese usted á venir. Cuando no le veo á usted, aunque sea por muy poco tiempo, me pongo triste.
D. Gregorio.—Sí, éntrate, que al instante vuelvo, palomita, vida mía, ojillos negros... ¡Ay! ¡qué ojos! ¡Eh! Adios... (Doña Rosa se entra su casa y cierra.) En el mundo no hay hombre más venturoso que yo; no puede haberle... (Da una vuelta por la escena lleno de inquietud y alegría; después llama á la puerta de don Enrique.) Digo, señor, caballero galanteador, ¿podrá usted oirme dos palabras?
ESCENA IX.
DON ENRIQUE, COSME, DON GREGORIO.
D. Enrique.—¡Oh! señor vecino, ¿qué novedad le trae á usted á mis puertas?
D. Gregorio.—Sus extravagancias de usted.
D. Enrique.—¿Cómo así?
D. Gregorio.—Bien sabe usted lo que quiero decirle; no se me haga el desentendido como lo tiene por costumbre... Yo pensé que usted fuese persona de más formalidad, y en este concepto le he tratado, ya lo ha visto usted, con la mayor atención y blandura; pero, hombre, ¿cómo ha de sufrir uno lo que usted hace sin saltar de cólera? ¿No tiene usted vergüenza, siendo un sujeto decente y de obligaciones, de ocuparse en fabricar enredos, de querer sacar de su casa con engaño y violencia á una mujer honrada, de querer impedir un matrimonio en que ella cifra todas sus dichas? ¡Eh! que eso es indigno.