D. Enrique.—¿Y quién le ha dado á usted noticias tan agenas de verdad, señor don Gregorio?
D. Gregorio.—Volvemos otra vez á la misma canción. Rosita me las ha dado. Ella me envía por última vez á decirle á usted, que su elección es irrevocable, que sus planes de usted la ofenden, la horrorizan, que si no quiere usted dar ocasión á alguna desgracia, reconozca su desatino, y salgamos de tanto embrollo.
(Empieza á oscurecerse lentamente el teatro, y al acabarse el acto queda á media luz.)
D. Enrique.—Cierto que si ella misma hubiese dicho esas expresiones, no sería cordura insistir en un obsequio tan mal pagado; pero...
D. Gregorio.—¿Conque usted duda que sea verdad?
D. Enrique.—¿Qué quiere usted, señor don Gregorio? Es tan duro esto de persuadirse uno á que...
D. Gregorio.—Venga usted conmigo.
(Hasta el fin de la escena va y viene don Gregorio, unas veces hacia su puerta, y otras á donde está don Enrique, para que le siga.)
D. Enrique.—Porque al fin, como usted tiene tanto interés en que yo me desespere y...
D. Gregorio.—Venga usted, venga usted... ¡Rosa!